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Rufino Tamayo

Venganza

Mario Elkin Ramírez

Wolfgang Sofsky en su libro Tiempos de horror, Amok, violencia, guerra,[1] incluye en el capítulo 10 algunas reflexiones sobre la venganza, cuya lectura nos ha inspirado esta reflexión psicoanalítica.

“Con ardiente lascivia por devolver el daño [la venganza] escapa del cuerpo del muerto y sale en busca de cómplices”. [2]

Esto enseña que en la base de la venganza está el sufrimiento por un daño sufrido en sí mismo, en sus bienes o en una persona amada o admirada. Un otro realizó una ignominia real, simbólica o imaginaria sobre el sujeto, con un caracter traumático. Y ese sufrimiento se transforma en sed de venganza. Es decir, que se produce un proceso psíquico en el cual, el sujeto se ve conducido del dolor al odio y al acto.

La metáfora de que esa ardiente lascivia sale del muerto hacia los perpetradores del crimen, muestra el doble encadenamiento del sujeto vengador, de un lado con el asesinado y del otro con los asesinos. El primer vínculo pone al sujeto en un estado de duelo. El segundo lo empuja al acto con un empuje pulsional considerable.

Freud enseña en su texto Duelo y melancolía, que ante una pérdida el sujeto introvierte sobre el yo la libido y el interés que investían al ser perdido. Una parte del yo, identificada a éste recibe los autoreproches que, en verdad, son dirijidos al muerto; reproches que vienen del superyó por la herida narcisista que su pérdida le infringe.

Lo que enseña la venganza es que el odio inconsciente hacia el objeto perdido por haber dejado al sujeto, se orienta conscientemente hacia su asesino, se desplaza del muerto al pepetrador y el sujeto queda obligado a vengar la muerte del objeto amado y perdido. Esa obigación con el muerto que se torna superyóica, es un impertivo ligado a la culpabilidad, que lo empuja a la acción.

Se trata de un duelo en suspenso, cuasi-melancólico, la sombra del objeto cae sobre el yo, pero antes que arrastrar el sujeto al suicidio, lo conduce a una única liberación posible, ejecutar la venganza.

Ese duelo no tiene el trabajo que correspondería a la elaboración, a la aceptación del mundo con el agujero de la pérdida, para luego remplazar el objeto perdido con un sustituto que permita el regreso de la libido y el interés a los objetos del mundo, sino que: “La venganza no conoce el perdón ni el olvido […] mantiene su objetivo en el punto de mira. Tiene una gran memoria y para ella el tiempo no cura nada. Espera pacientemente el momento en que se cumplirá”. [3]

Es decir que la venganza impide el trabajo del duelo. No reprime, no olvida, no perdona, mantiene abierta la herida, la lastima para recordar que está allí y debe ser apaciguada, pero su alivio no es la resignación, ni el altruismo de perdonar a quien hizo la ofenza, sino que la cura es del orden de la satisfacción de destruir al asesino o de quien infringió el daño.

Es una rememoración inborrable que llama a la acto; la facultad de racionalidad no se emplea en el retorno libidinal a la vida, sino en la planificación de la venganza. En cierto modo, pide la repetición revertida de la acción del asesino, su muerte. Lo cual da un sentido a la vida, sobrevivir para vengarse, para saldar esa deuda con el muerto, la venganza da un norte, un punto de mira sobre la vida del vengador, lo orienta inminentemente hacia ese acto.

La relación con el tiempo en el vengador se transforma, no ve en su transcurrir la cura, sino el tiempo de la espera de su desagravio, lo que le impone la paciencia, no la precipitación. El autocontrol o el control del grupo de los vengadores, porque también la venganza colectiviza como una idea rectora, a la que pueden identificar su ideal del yo los miembros de dicho grupo. “La sed de venganza une a quienes la sienten incluso a lo largo de tres o cuatro generaciones. Los miembros venideros no harán más que continuar lo que empezaron sus antecesores. Renovarán constantemente el odio de sus ancestros. De esta forma, los muertos se vengan a través de las manos de sus hijos y nietos. Esta herencia pesa sobre los descendientes como un lastre de plomo. […] Renunciar a la venganza sería una traición a los propios orígenes. La veganza obliga a los enemigos a no reconciliarse jamás, y encadena a las nuevas generaciones a sus muertos sin remisión” [4].

No es una pasión ignea, es fría, lo candente en ella es lo suficiente para la planificación, para avivar la llama y pensar en la eficacia del acto, no el incendio inmediato. La venganza fija al vengador en el tiempo, lo sustrae al devenir, lo instala en un ciclo. “Mantiene el pasado […] el crimen, el asesinato de amigos, parientes, compariotas […] guarda la memoria de los muertos, se mantiene fiel a ellos. Quiere continuar allí donde los muertos ya no pueden hacerlo” [5].

Pero “la venganza no se conforma con el duelo en silencio y las proclamaciones piadosas. Exige hechos. El enfrentamiento armado tiene que borrar, reparar, invertir la experiencia […] Es un salto de la impotencia del sufrimiento al orrgullo de la acción […] Al igual que el agradecimiento la venganza forma parte de la memoria moral de la sociedad. […] la venganza obedece al mismo principio universal de reciprocidad que el intercambio y el don. En el intercambio existe la obligación de entregar un objeto de igual valor que lo que se recibe. En la vendetta, la culpa del asesino impone pagar por la vida de la que se ha privado a otro con la suya propia. La venganza es un intercambio de muertos”.[6]

El agradecimiento es la deuda adquirida respecto a la caridad de otro, que auxilió en el momento de la necesidad. La venganza es también una deuda, es el reverso del agradecimiento, es el contragolpe agresivo de la caridad. La cual esconde un fantasma sádico. La venganza lo devela. Pero, en general es la culminación de la reciprocidad social, se devuelve en el intercambio algo equivalente a lo recibido.

En ese intercambio de muertos “la revancha que el fiador se toma con el deudor crea siempre nueva culpa y nueva sed de venganza […] se pone en marcha una reacción en cadena que, a menos que se ponga freno mediante reglas o intervenciones de terceras instancias, se perdura hasta el infinito. […] la ignominia es una respuesta a la ignominia, el golpe al golpe, el asesinato al asesinato. El enemigo se convierte en enemigo perpetuo, la guerra en un estado permanente. Todos quedan ligados a la cadena que inicia el primer golpe […] donde reina la venganza, el tiempo gira sobre sí mismo. Ésta es la manera en que la venganza otorga inmortalidad a los muertos”.[7]

Es la lógica especular, imaginaria con efectos reales de un espejo sangriento. Sólo una mediación tercera, simbólica podría detener el ciclo, cortarlo.

En ese sentido, dice el autor: “La venganza es un principio del derecho. Su sentido no es correctivo, preventivo o disuasorio, sino que busca hacer justicia. Cada cosa se paga con su equivalente […] En un estadio de la sociedad en el que no se haya un juez que dicte su sentencia con la ley en la mano, el castigo siempre tendrá la forma de la venganza”.[8]

Es principio del derecho porque aspira a una reparación que en estados avanzados de civilidad se establecen en códigos que equiparan los delitos y las penas, para restablecer la justicia. La justicia es una venganza sublimada, alguien puede renunciar a la venganza individual, para conformarse con la pena concertada de manera colectiva y aplicada al asesino o al perpetrador. “Ojo por ojo y diente por diente” ya es un precepto social, civilizado, que pretende una justicia distributiva del goce.

Pero, “A diferencia del castigo, la forma civilizada de represalia, impuesta de acuerdo a una serie de normas y barenos, las fantasías de la venganza no tienen límites”. [9] Nunca será suficiente la reparación, es una sed insaciable.

Para este autor: “la venganza no se conforma con el principio de equivalencia. El malhechor no sólo tiene que sufrir, sino sufrir más que la víctima […] la venganza es dulce […] Proporciona orgullo y satisfacción […] La venganza se convierte en exceso”. [10] Mientras que en la justicia el castigo borra el delito, hay un plus de goce en la venganza que no se queda en el “ojo por ojo”, sino que exige que el otro pague algo más, es también lo que desata la escalada, cuando lo deudos del nuevo muerto leen ese exceso y se encaminan a cobrarlo, a su vez con otro plus. Hasta arrasarse mutuamente.

NOTAS

  1. Wolfgang Sofsky, Tiempos de horror, Amok, violencia, guerra, Siglo XXI, Buenos Aires, 2003.
  2. Ibíd., p. 181.
  3. Ibíd., p. 181.
  4. Ibíd., pp. 181-182.
  5. Ibíd., pp. 181-182.
  6. Ibíd., pp. 181-182.
  7. Ibíd., p. 183.
  8. Ibíd., p. 183.
  9. Ibíd., p. 181.
  10. Ibíd., p. 186.
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