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Orlando Arias Morales | de la serie Siluetas atmosfericas

Acerca de la clínica de la urgencia

Gloria María González

En el marco de trabajo sobre Víctima y trauma, me propongo delimitar algunos aspectos respecto a la intervención en los casos en que se rompe el equilibrio con el que un sujeto ha logrado transitar por la vida.

En este momento, en el que muchos colombianos intentarán rearmar sus vidas, insertarse de nuevo en el ámbito social, volver a sus tierras, enterrar a sus muertos, perdonar, elaborar las experiencias por las que han pasado, ¿cómo responder a lo que estas situaciones hacen emerger?

Si bien para el psicoanálisis de orientación lacaniana, el apremio de la urgencia tiene una cercanía con la pulsión que empuja permanentemente en búsqueda de satisfacción, hay contingencias, que escapan “a toda programación”[1]y que precipitan o despiertan “urgencias subjetivas”. Despiertan, porque remiten a un tiempo lógicamente anterior, en el que las palabras tocaron el cuerpo dejando las huellas de una satisfacción que aspira a ser recuperada. Esta premisa obliga a distinguir la dimensión estructural del traumatismo, y el trauma contingente enlazado a la urgencia.

El analista se encuentra de cierta forma compelido a responder a la demanda de atención y de solución “urgente”, ¿cómo no caer en la trampa de curar, de aliviar de inmediato? ¿Cómo hacer de la urgencia la posibilidad no solamente para el encuentro de un alivio de la angustia, sino, para extraer algo de los más propio del funcionamiento subjetivo y quizás construir, o al menos vislumbrar desde allí, una forma distinta de hacer con lo que se tiene al alcance?

En el Discurso de Roma, al inicio de su enseñanza, Lacan afirma: “nada creado que no aparezca en la urgencia, y nada en la urgencia que no encuentre su rebasamiento en la palabra”[2]. En esta juntura entre urgencia y palabra, es preciso distinguir el tiempo de la prisa propia de la urgencia, que empuja a una determinación, y el tiempo de la palabra, que se revela ella misma impotente para tramitar por completo lo que emerge en la urgencia. “en esta articulación entre los dos tiempos, nunca hay encuentro predecible, sólo hay pura contingencia”[3] (M Bassols. El cuerpo hablante y sus estados de urgencia)

En medio de la prisa, se requiere pescar eso que insta y que se desliza en el decir de sujeto a través de ese otro tiempo de la palabra. Si el psicoanálisis nos permite operar en la urgencia es precisamente por no tomar como perspectiva la cadena significante de la cual nos servimos, sino, por el hecho de estar advertidos de que ésta constituye una oportunidad para aproximarnos a ese núcleo que es imposible de simbolizar, donde la palabra, único elemento con el que contamos, se agota.

Se trata entonces de poder captar tanto lo que se satisface, como los arreglos que ha hecho el sujeto para enfrentar su propio traumatismo. Ha venido tejiendo una trama con la cual se anuda al mundo, a los otros, a la vida, trama de la que extrae su síntoma y su fantasma, eso que tambalea en la urgencia. Se tuercen los hilos, se rompen sus nudos, se enreda el tejido. Hay que restablecer cuidadosamente la tela, intentando poner en ella hebras más resistentes, pero hebras de la misma materia de su tejido. Por esta razón la intervención no es solamente terapéutica, no se contenta con volver al sujeto a un estado anterior.

Para que un tratamiento sea analítico no tiene que llegar a un final de análisis, ni ser de mucho tiempo, requiere la presencia de un analista y la puesta en juego de su deseo. Ante esa presencia se pone en juego la realidad sexual del inconsciente, el lugar en el que el sujeto se posiciona frente al Otro y el que atribuye a ese Otro. Nuestro accionar se basa en no dirigir ni forzar las asociaciones y favorecer la circulación libre de la palabra. Esto hará posible que esa otra dimensión del Inconsciente se cuele entre los dichos y es lo que habrá que poder escuchar.

En su seminario sobre la Angustia (afecto propio de la urgencia), Lacan nos ofrece una estrategia: “te deseo aunque no lo sepa”. No es una fórmula fácil de explicitar porque no forma parte de un manual de funciones, pone en funcionamiento el deseo, para hacer un lugar a ese que está ante nosotros deslocalizado.

Considero que desde la primera entrevista debemos guiarnos por la orientación que Lacan daba a la presentación de enfermos. Que el sujeto pueda extraer de ese único encuentro o de los que sea posible tener durante la atención de su urgencia, algo que sea de utilidad para su vida. Un significante, una pregunta, una orientación, pueden servir de “hebra fina” a su trama vital y no hemos fortalecido el yo ni hemos hecho sugestión.

En estas intervenciones, como afirma S. Cottet, parece tratarse de verificar los límites más que de intentar adaptar los conceptos, por tanto, si bien es preciso escuchar desde un lugar de ignorancia, en estas situaciones particulares puede requerirse hacer uso de un saber que ayude a restablecer las coordenadas que se han perdido.

Oscar Zack, refiriéndose a la temporalidad de la urgencia afirma: “Bajo su influencia se suele verificar el precipitado de un momento de concluir precedido por el instante de ver que, en ocasiones, se ve compelido a prescindir del tiempo de comprender. Así, se vectoriza un movimiento que va del instante de la mirada al juicio asertivo que se manifiesta en el acto. Vector que va del encuentro con lo real al intento de restablecer un sentido…”[4]

En esta misma línea, Caroline Leduc[5], quien piensa su intervención en el marco de una misión humanitaria en Siria, nos dice que una de sus estrategias fue “condensar las entrevistas en el tiempo…a veces todos los días, de manera tal que el corte pudiera operar y permitir al paciente una primera elaboración mínima de lo que le había tocado vivir: a veces una formulación, otra manera de inscribirse en su recorrido y su historia antes de la guerra, el enganche con un síntoma anterior que indexaba el real en juego al goce propio del sujeto. Se trataba de colocar un primer eslabón, quedando a su cargo el recomenzar más tarde desde este punto de partida. A falta del tiempo de comprender, aposté por el efecto del instante de ver” (68).

Esta “temporalidad apurada”, enseña que no se trata tanto de comprender, sino más bien, de escuchar lo que resuena. En todo caso, además de la urgencia y de la prisa que implica, se juega especialmente el tiempo subjetivo. La prisa no puede ser la del analista que se siente convocado a hacer diligentemente, la urgencia y la limitación en el tiempo no deben conllevar el apresuramiento. Por tanto, el respeto al tiempo subjetivo y el aprovechamiento de la oportunidad allí donde algo emerge, son dos dimensiones inseparables.

Quiero concluir con una frase de Lacan:”Hasta cierto punto se concluye siempre demasiado pronto. Pero ese demasiado pronto es la evitación de un demasiado tarde.”[6]

NOTAS

  1. Laurent, E. El revés del trauma. Virtualia N°6
  2. Cuadernos del INES # 9 Pg. 37
  3. Bassols, M. El cuerpo hablante y los estados de urgencia
  4. Zack Oscar. La urgencia: ¿un nuevo sofisma?
  5. Brousse M.H., compiladora. El psicoanálisis a la hora de la guerra. Una misión en Siria. Pag.65-75
  6. Lacan, Jacques. Conferencia de Ginebra sobre el síntoma. Intervenciones y Textos 2. Manantial
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