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María Fernanda Cuartas

El cuerpo imaginario

Cecilia María Restrepo Gil

Doy por el momento cierre a la lectura del texto de Lacan “El estadio del espejo como formador de la función del yo”, en el marco del Cartel del cuerpo y quiero con ello ubicar algunos puntos que orientan mi pregunta sobre la constitución del cuerpo para el ser humano.

Pudiera decir que cuando un ser humano puede decir “yo”, es porque logra reconocer en su desorden interior un algo de orden, unos límites y que su cuerpo toma forma y contiene esa “turbulencia de movimientos con que se experimenta a sí mismo”. Esa forma no se encuentra establecida en los primeros años de vida, se conquista, es una tarea que el ser humano emprende, pero que no todos la logran.

Para lograr esa unidad, hay que realizar una travesía en los primeros años de existencia, con las vicisitudes propias de la historia de vida que a cada uno le corresponde transitar. Lacan denominó a esta travesía el estadio del espejo. En ella el sujeto se transforma, por una imagen externa, que le sirve de modelo, más otro llamado semejante, en algo que le da unidad y le permite al sujeto decir “yo”. Es un yo en relación con una imagen de su misma naturaleza, que le sirve al nuevo humano como modelo. El júbilo que se observa en el pequeño, es lo que nos permite decir que hay una identificación, en el sentido que nos lo indica Lacan: “la transformación producida en el sujeto cuando asume una imagen”.

Ahora bien, esa imagen que puede ya considerarse como una “matriz simbólica” para ese sujeto, puede ser nombrada como el “yo ideal”, pero sin desconocer su carácter ficcional y enajenador en la constitución subjetiva. Es decir, una forma que captura, cautiva, que produce alegría, emoción, permite a un sujeto decir: ese soy yo. Sin embargo, ese yo, más que autónomo e independiente, muestra todo lo contrario, su dependencia a una imagen, con esto su naturaleza alienante y ficcional. Ello entonces acarrea un giro fundamental para la forma como se trabaja con el sujeto, en especial para aquellos que desean moldear, constituir a un sujeto bajo los parámetros de un ideal educativo o cultural.

Por eso se puede introducir la pregunta, cada que alguien dice “yo”, de la siguiente forma: ¿ese es el sujeto o es su imagen? Lo que se sabe es que, esa matriz simbólica permite dar el paso a un sujeto para reconocerse entre otros y entrar al mundo de los humanos.

Esa identificación a la imagen, toma dos órdenes nos indica lacan y son la identificación homeomórfica y la heteromórfica, eso representa dos logros para el humano y dos reacciones.

Para el primer orden, el logro es reconocerse en la especie, la humana, y la reacción es el júbilo y para el segundo orden, el logro es poder identificar un espacio, una diferenciación entre el mundo interno, propio de cada uno, y el externo, en este segundo orden la reacción es la agresividad. Ambos permiten construir, al nuevo ser humano un “mundo visible”, el de los objetos externos, modelado por una imagen especular y que instaura una relación fundante, la del ser humano con la realidad. De igual manera marcan la apropiación que puede hacer un sujeto de un cuerpo.

En el hombre siempre hay alterado algo en relación con la naturaleza y es su “prematuración específica”. Ello hace que el estadio del espejo sea un drama cuyo empuje interno se precipita de “la insuficiencia a la anticipación”, de allí las fantasías que se suceden desde una imagen fragmentada del cuerpo a una forma total, aunque reconociendo que es artificial esa totalidad. Por esto se puede decir que el yo establece una relación ambigua entre la imagen y las fantasías que de esa imagen se tienen. Vemos así el origen de un orden imaginario en el sujeto, con efectos en los actos que realiza durante toda su existencia.

Pueden entonces ubicarse dos extremos, aunque seguramente hay posiciones intermedias con respeto al cuerpo, una la percepción de un cuerpo como imagen total y otro fragmentado, estos dos extremos se manifiestan en la clínica. En el primero se establece un yo como campo fortificado y en el otro un yo indefinido, marcado por el cuerpo dividido.

Entra así Lacan, un término a la jerga psicoanalítica; el de cuerpo fragmentado, el cual se muestra en “los sueños, en los síntomas esquizoides, en los espasmos de la histeria, o en el arte como en la pintura de Jerónimo de Bosco”. En el seminario 3, en la página 61, encontramos una definición muy bella de cuerpo fragmentado: “colección incoherente de deseos”. Es decir, algo sin forma y con un contenido muchas veces impreciso.

En el otro extremo se estable el yo como “un campo fortificado”, que se sostiene por estructuras que surgen de los síntomas del sujeto, denominadas mecanismos de defensa del yo, como los que expresa Lacan en este texto: “inversión, aislamiento, reduplicación, de anulación, de desplazamiento”. Que permiten sostener ese “soy yo”. Como se ve a un costo en ocasiones alto.

Quisiera resaltar un punto que Juan Fernando Pérez nos ayuda a ver en este texto de Lacan, que extrae de allí, con enormes consecuencias en la clínica, y es el de transitivismo, como fundamental en el proceso de causación del sujeto. Así el sujeto se confunde con otro, el de la imagen, lo que lo hace otro del que es, manifestándose esto en hechos tales como cuando el semejante se golpea, el niño llora, cuando el sujeto le pega a otro expresa: fui pegado, es decir es un transitivismo identificatorio, que genera confusión para el sujeto mismo y para quienes lo acompañan.

Se puede entonces apreciar, como bien nos lo enseña Juan Fernando Pérez, que alienación y transitivismo estan en el fundamento del estadio del espejo. El alienarse a la imagen, produce júbilo y considerar al otro, al semejante como yo, genera agresividad, pues ese que soy yo a la vez es un extraño.

Agresividad que toma una forma intensa al querer ganar un lugar sobre el otro, pues se trata de un él o yo, o dicho en otros términos se trata, de vivir o morir; de una lucha a muerte; es la agresividad estructural del humano. Ese otro que soy yo, es el extraño que nos habita y que genera rechazo.

¿Qué hace que se pueda salir de ese lugar o al menos disminuir la intensidad de las reacciones y procurar un vínculo más pacífico? considerando incluso que ello no depende de la edad, pues se observa estos fenómenos, en gente mayor, como un político de nuestra época que hace algo y señala al otro y genera con ello no solo agresividad sino una vía de salida de la misma como es la agresión. Y de forma paradójica, hay otro político que responde en espejo lo que dice el primero, con todas las consecuencias sociales y económicas que semejante escenario genera.

Pero retomo la pregunta ¿cómo salir de ese lugar? ¿qué condiciones son necesarias?

Por el momento encuentro que es necesario continuar, en el marco del cartel, profundizando dos conceptos fundamentales, como son el de alienación y separación. Es decir la forma de travesía del estadio del espejo, incluye un alienarse pero también un separarse y ello tiene consecuencias irreversibles en un sujeto y en el entorno en el cual transita.

Puedo entonces concluir por el momento, que hay un acercamiento al cuerpo llamado imaginario, cuando el sujeto reconoce la unidad funcional del mismo a través de una imagen a la cual se identifica. Esta imagen, que es otro permite instaurarse un yo, para nada autónomo, más bien alienado, hecho de ficción,

Este transitivismo marca el origen de una travesía que realiza el sujeto para lograr reconocerse en la especie e identificar un adentro y un afuera, el cual le permite decir que el ruido que se escucha afuera, no es el interno. Y que sus órganos se encuentran dentro, no afloran como objetos externos. Es esto lo que por el momento me permite decir que un sujeto tiene un cuerpo.

¿Qué hace posible una travesía del estadio del espejo con éxito? No sabría decir por el momento. Creo que algo tiene que ver con una insondable decisión, mediado por lo que hace posible la separación, lo que tiene estrecha relación con las contingencias que la vida depara.

NOTA
Las comillas pertenecen a frases que tomo del texto de Lacan: El estadio del espejo como formador de la función del yo.

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