icono-a-ritmo-propio-borde-blanco.png
Héctor Anchundia | Abstracto de figuras

Lacan: herejía, acto y significante amo

Héctor Bujanda

Lacan sostiene que el acto psicoanalítico ilumina el acto como tal. También dice que el acto suicida, contra sí mismo, es el modelo mismo del acto. Jacques-Alain Miller agrega: “si se quiere, todo acto verdadero es delincuente”.

Analizaré desde esta perspectiva, la operación en “acto” que realiza Lacan en 1964, cuando inicia su seminario Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis.

Recurro a la toma de palabra quehace Jacques Lacan, en enero de 1964, ante los interlocutores que se dieron cita en un aula completamente extraña para los fines de su enseñanza regular, ubicada en la Ecole des Hautes Etudes (dirigida en esa sección por el historiador de las mentalidades FernandBraudel), para intentar comprender la complejidad de un saber, el del psicoanálisis, que se encontraba entonces en pleno proceso de reingeniería conceptual, cada vez más encastrado en el enfoque estructuralista que el analista francés venía desarrollando en sus seminarios desde comienzos de los años 50, como parte de una generación de pensadores que había asumido la apuesta de transformar la filosofía, la teoría y las ciencias humanas a partir del acontecimiento de la lingüística saussuriana.

Retomar las circunstancias en las que Lacan inicia su primer seminario en la Ecole des Hautes Etudes, en las instalaciones de la prestigiosa Escuela Normal Superior ubicada en la “mítica” calle Ulm del Barrio Latino de París, permite comprender la forma como emergen, a partir de efectos de estructura en el sujeto-Lacan, diversos impasses epistemológicos, institucionales y políticos que visibilizan la condición inestable de una enseñanza, la suya, y por tanto la del psicoanálisis tal como se venía impartiendo en Francia, ya embarcado éste en plena travesía sin retorno por lo que denominamos como Jean Claude Milner, elperiplo estructural. En esa escena donde Lacan interviene ante el nuevo público que le rodea, quedan al descubierto las tensiones fundamentales de un pensamiento que retrabaja profundamente los fundamentos heredados, reconfigura las relaciones internas entre tradición (el legado freudiano) y lo nuevo (la formalización estructuralista), entre la ciencia y la filosofía, entre el discurso del amo y el discurso del analista, entre lo instituido y lo que bajo el nombre de un Lacan “en acto” estaba adviniendo.

Esto permitirá comprender la naturaleza hereje de la operación que estaba en marcha: crear un aparato conceptual “no freudiano” para abordar el inconsciente y sus efectos; identificar el acto o la intervención disruptiva que cambia radicalmente la escena y los nombres del psicoanálisis; y por último abordar la cuestión de la función del amo que Lacan asume para formular una nueva relación de objeto, construir otra escena, otra batería de significantes privilegiados, otros interlocutores y con ello determinar un lugar que se presume como propio.

Lacan ofrece ante los presentes algunas explicaciones sobre la incierta situación que atraviesa, luego de verse obligado a dimitir a la enseñanza que durante diez años ininterrumpidos había impartido en el Anfiteatro del Hospital Sainte–Anne, para contribuir a la formación de estudiantes y psicoanalistas avalados por la Asociación Internacional de Psicoanálisis (AIP), institución a la que él mismo pertenecía. Ante esta abrupta ruptura con la organización que había creado el propio Freud en 1910 para mundializar su doctrina, Lacan comienza la clase inaugural en la Ecole des Hautes Etudes rodeado de advenedizos y de figuras cuasi padres del estructuralismo, como Claude Levi-Strauss y Louis Althusser.

Lacan admite sentirse como un “refugiado”, dice, atravesado por una auténtica experiencia de la “excomunión” que lo hace preguntarse, desde el inicio, si en el nuevo contexto de enseñanza, desinvestido de títulos, podía sostener la función de maestro y hablar de psicoanálisis (“qué me autoriza a hacerlo”, se preguntaba[1]). Sin embargo, no se trata de proponer una ruptura, eso no forma parte del registro de fines de esta operación. Se trata ante todo de “dar continuación a esta enseñanza que fue la mía”[2], pero por otras vías que estaban siendo, de hecho, estratégicamente ensayadas. Lacan intenta trasmitir, de partida, que esta etapa que se inaugura no es ningún socavón, ningún salto por los desfiladeros del psicoanálisis. Antes bien, se trata de conseguir la manera de continuar con lo hecho, año a año, en el Hospital de Saint-Anne, a pesar de que el aforo ha cambiado de naturaleza, también las estrategias y los fines de la enseñanza una vez que éste ha sido excomulgado de la institución que legitimaba su discurso. Con los años, Lacan asociaría los seminarios de enseñanza en la AIP como una etapa oscura, donde intentaba revivir el legado más escandaloso de Freud ante una tribuna que no dudó en describir como de “oídos tapados”. En 1967, en su escrito “Posición del 9 de octubre de 1967” Lacan expresaría lo que en retrospectiva ya indica un salto, una ganancia, con respecto a ese momento de “excomunión” que vivió entre 1963 y 1964. No deja de ser paradójico el comentario porque sus oyentes y estudiantes iniciales fueron lo que se denominaría especialistas y los que recibió a partir de 1964, con la ruptura, eran, si se puede decir, público general. De igual modo, la ignorancia la coloca Lacan de parte delos escolarizados de la AIP: “Esto forma de parte de las concesiones educativas a las que debí acceder por el contexto de ignorantismo fabuloso en el que tuve que proferir mis primeros seminarios”[3].

Año 1964 y el imperativo en esa fecha es suturar una enseñanza, mantener un hilo que permita relanzar un saber en nuevas condiciones. Después de dar los primeros argumentos en el aula de la Escuela Normal Superior, este Lacan “excomulgado” se adentra en materia con ese modo “a medio-decir” que lo caracterizaría de principio a fin en su enseñanza. Es allí cuando dice, en el fraseo de las proposiciones iniciales: “El lugar desde donde vuelvo a abordar este problema ha cambiado, ya no es un lugar que esté del todo dentro, y no se sabe si está afuera“[4].

De manera que “el lugar” al que alude Lacan (ambiguo por definición, marcado por la imposibilidad de determinar si está del todo adentro, o no se sabe si está afuera), está asociado, desde el punto de vista epistemológico, con el del nombre del padre (Freud), el del psicoanálisis, como ya dijimos. Por tanto, la referencia al padre obliga a pensar en las bases o fundamentos del legado que han hecho posible recibir y transmitir sus conceptos fundamentales y hacerlos operar, como hace Lacan, de manera “propia” a partir de varios movimientos: una dialéctica hegeliana, en los inicios de su enseñanza, y en los primeros años de la década de los 60 desde la matriz estructuralista y desde una matematización progresiva[5]. Lo que indica que el legado está siendo sometido a una intervención epistemológica de profundo calado que puede interpretarse como el salir de cierta tradición, de cierto lugar.La orientación de Lacan concreta la experiencia de un descentramiento del legado, opera su des–identidad como si la posibilidad misma no pudiera definirse sino como una secuencia (un adentro y un afuera no divididos de manera taxativa, lo que deja entrever un agujero, un límite poroso, en la identidad de ambas instancias que se hacen constitutivas una a partir de la otra, y viceversa).

Llegados a este punto, es preciso retomar con Miller el siguiente planteamiento: el psicoanálisis tiene su propio mito (el del Edipo) y por más que se haya intentado deconstruir, aún se concibe la enseñanza del psicoanálisis asociada a los nombres del padre, de Freud y de Lacan, y esto, antes de ser considerado un éxito, puede ser tomado más bien como un fracaso: “Que su nombre propio (el de Lacan) se haya vuelto ineludible en nuestro mito del psicoanálisis es más su fracaso que su éxito“.

Si sostenemos el razonamiento encadenado a la figura de un Otro que habla, la frase proferida por Lacan en la clase inaugural de 1964, “el lugar desde donde vuelvo a abordar este problema ha cambiado, ya no es un lugar que esté del todo dentro, y no se sabe si está afuera“, remite al lugar del propio Lacan como voz sin cuerpo, como nombre, puesto que posee como único estatus el de la nominación, que ofrece su palabra. Los costos de descentrar el legado, operar la des–identidad de la herencia del padre simbólico, unánimemente reconocido en estas lides, conlleva en la práctica una proscripción, un des–encarnamiento que convierte a Lacan en una instancia sin lugar, que, sin embargo, no por estar en la condición de “excomulgado” deja de producir efectos concretos en el campo del psicoanálisis.

Lacan es, de esta manera, un síntoma de Freud, puesto que la apropiación de Freud colocará el legado en otro lugar, desde donde no podrá regresar a su deseo primordial, puesto que quedará atrapado en un conjunto de nociones y formalizaciones que mortificarán la letra propiamente freudiana, otorgándole otra dimensión, para los lacanianos irreversible: “Me cuesta creer que Lacan esté sustituyéndolo, aunque con frecuencia entremos a Freud por Lacan”[6]. Sin embargo, en el acto “hereje” de retornar y profanar al muerto, al significante de excepción de la comunidad psicoanalítica, se produce la excomunión y por ende lo que está en juego es la creación o elaboración de otro significante para el campo del psicoanálisis: un significante bajo el nombre de Lacan.

Lacan asumirá la posición del Uno de excepción o el Uno que se exceptúa, que se separa en el psicoanálisis, que se presenta ante la comunidad con la potencia de quien no está castrado por las interdicciones de la Ley. Esa posición que asume en su momento le produjo dudas al propio Lacan, tal como relata Jean Claude Milner. Para eso toma también ciertas precauciones. Para la construcción de ese Uno dentro de la cultura francesa, Lacan por ejemplo realiza un acercamiento táctico a la filosofía. En los variados tonos y acercamientos teóricos de los Escritos, se puede apreciar la adopción de nociones de la fenomenología hegeliana, del platonismo, de la ontología heideggeriana y transversalmente de los presocráticos, lo que la acerca más a otros potenciales lectores[7].

La obra escrita de Lacan, sin embargo, está antecedida por un acto de palabra, por su intervención en la Ecole des Hautes Etudes (donde anuncia su advenimiento). Una palabra que al inaugurar un espacio e irrumpir sostenida bajo la única fuerza de un nombre, se convierte en una operación de significante amo, tal como Lacan la ha descrito, llamada a crear, en primer lugar, un nuevo lazo, donde converjan todas las líneas del psicoanálisis, más allá pero aún en nombre de Freud.

Proferir una palabra nueva, asociada con un nombre, sólo pide, en principio, el asentimiento, la aprobación de la tribuna. Es el deseo sin cálculo el que sostiene el vínculo, la nueva comunidad, que convierte a la figura en el significante del objeto o sujeto Ideal. Si la palabra dicha y el deseo del otro no logran establecer el lazo, entonces no hay posibilidad de medir la eficacia de un acto de esta naturaleza y, por tanto, no hay Amo. En este sentido, la intervención del Amo en los tiempos modernos es un acto político por excelencia, que exige cálculo, lectura de la coyuntura, uso adecuado de la palabra dada, movilización del deseo de los otros y extracción de su goce en los procesos de identificación que se instituyen. No en vano, el discurso del amo es el reverso del psicoanálisis, tal como lo explica Miller:

“A los ojos de Lacan, la política procede por identificación, manipula sus significantes-amo, busca con esto capturar al sujeto. Este último, hay que decirlo, no pide otra cosa, al hallarse, como inconsciente, falto de identidad, vacío, evanescente, como el cogito precisamente, antes de que el Gran Otro divino lo estabilice (…) Aquí está el papel que cumple el Otro, no ya divino sino político, si se quiere, eso que Lacan llama discurso del amo y donde ve nada menos que el revés del psicoanálisis”. Miller en: {Zarka, 2004: 127}

A partir de esa nueva situación, el maestro como Amo no sólo funge de rector, de actor principal, también empieza a ser vigilado por lo que dice, por lo que escribe, por la visión de mundo que proyecta, cual dirigente o líder de una nueva comunidad. Milner ha definido bien las funciones del Amo que profiere su batería de significantes y crea, en un acto performativo eficaz, un nuevo marco de visión y de acción a partir del rasgo fundamental de exceptuarse de un campo dado –excomulgarse- y producir otro nuevo:

“(…) nada más que referirla a una voz particular: individuo o instancia que la profiere, mítico o no, histórico o no. Esa voz es tenida, en toda consecuencia, por la de un Amo, el cual no tiene otra sustancia: autos epha, tal es su determinación, necesaria y suficiente. Será amo político, o económico, o científico u otro, según la calificación de la visión del mundo. Será dirigente, o escritor, o héroe, o todo lo que se quisiera, según las coyunturas y las demandas… Y será dimensionado en proporción a la fuerza de la palabra que profiere, cuando no al agrupamiento que suscita”. {Milner, 1999:75}

De la experiencia en la Ecole des Hautes Etudes, Lacan dirá que “un auditorio muy acrecentado indicaba un cambio de frente de nuestro discurso” {Lacan, 2012: 205}. El cambio de discurso, como hemos visto, se produce a varios niveles (epistemológico, institucional y político) e incluso Lacan se atreverá a describir el “oficio salvaje” que ha intentado hacer ante un público “no especialista”: “Nos pareció que debíamos invertir esta presentación, por encontrar en la crisis no tanto la ocasión de una síntesis como el deber de iluminar lo abrupto de lo Real que restaurábamos en el campo del legado por Freud a nuestro cuidado” {Lacan, 2012:205}. En esta frase se puede definir de una secuencia de las condiciones de un acto de este tipo correlativo a la visión lacaniana del mismo: encontrar la crisis/falta, iluminar lo abrupto de lo Real y una adecuada simbolización que permita tramitar ese pasaje (ofrecer un “legado por Freud a nuestro cuidado). Lo que indica que en el acto lacaniano se juega de manera decisiva la oscilación temporal entre la desimbolización de un Real y la simbolización adecuada que permita reinscribir el acto en el orden simbólico.

Radicalizar la experiencia pedagógica, convertirla en una experiencia de “no-relación” entre maestro y discípulo no especialista (sólo reestablecida por la palabra del Amo que enlaza y el deseo de la tribuna que se identifica), es, desde luego, una experiencia de lo Real que, según Lacan, no hace más que restaurar el espíritu del legado freudiano. La complejidad de esta operación, desde luego, es que al presentarse como el Uno de excepción que habla una lengua propia, que interviene, que se le espera y se le soporta allí en calidad del que profiere el discurso del sujeto supuesto saber, como bien subraya Jacques–Alain Miller, la operación, si se analiza con rigor, representa para el psicoanálisis una pérdida: la intervención de Lacan significa perder la posición del analista, el resorte técnico fundamental de la experiencia del psicoanálisis.

En el contexto sobre el acto en Lacan, Miller trata de identificar la motivación de los distintos movimientos que tuvo que hacer el maestro a partir de su expulsión de la AIE, lo que ratifica que no hay acto sin falta, sin angustia, sin reducción al desecho:

“(…) en el fondo Lacan nunca tomó la iniciativa que su acto de afirmación, su acto de autonomía del psicoanálisis en relación a los internacionales, este acto, no lo hizo sino reducido a su propia eyección, si podemos decirlo así. De hecho, es en posición de desecho, en tanto que precisamente era desechado por el Otro que se encontró en esta posición de ‘pasar al acto’, que él pudo elaborar algunos puntos más preciosos de su enseñanza y de esta forma revelar, quizá, lo que de alguna manera es el verdadero Lacan”. {Miller, 1988: 29}

NOTAS

  1. {Lacan, 1987:9}
  2. {Lacan, 1987:10}
  3. {Lacan, 2010: 265}
  4. {Lacan, 1987:14}
  5. En este caso y bajo el primer paradigma de Lacan sobre la lógica del significante, puede recordarse el punto 11 de la cadena que establece Jacques-Alain Miller para que aparezca la matriz lacaniana de tipo estructuralista, en la que los conceptos freudianos quedan atrapados en funciones diferenciales. Nótese que la declaración de Miller –que todo quepa en el agujero de la mano- es a su vez una imagen que Lacan usa en los años 70 para hablar de su otro paradigma, el matema, con la idea de mantener la máxima estructuralista del minimalismo epistemológico. Dice Miller: “(…) tengo en el hueco de la mano la conexión de la repetición, del clivaje, de la falta, del lugar, de la alternancia, de la contradicción, de la antinomia, de lo imposible”. {Miller, 2003:68} El hecho de que Miller haya usado la misma imagen que Lacan utilizó, pero para hablar de la lógica del significante (y no del matema), explica que Miller concibe el movimiento entre el significante y el matema como continuo, sin ruptura. Al respecto, Jean Claude Milner argumenta sobre la última etapa de la enseñanza lacaniana, guiada por la matematización del psicoanálisis, que ésta integra o reajusta en una nueva premisa todo el edificio teórico lacaniano anterior, lo que hace que el cuerpo de la obra deba analizarse bajo la luz de la última enseñanza y, por ende, ser leída en futuro anterior: “Tratarla como matema (la etapa de la lógica del significante, como lo hace Miller), sin llegar a ser absolutamente ilegítimo, implicaría un forzamiento retroactivo; por lo demás, ese forzamiento es practicado con las letras del primer clasicismo, alternativamente reconfirmándolo o rectificándolo”. {Milner, 1996:146}
  6. Miller en: {Zarka (dir.), 2004: 126}
  7. Aquí, sin duda, se visibiliza la diferencia de enfoque que existe entre Balibar y Milner en torno al estructuralismo. Balibar, al postular que fue un encuentro divergente, da cuenta de que las filosofías de la época pasaron por el estructuralismo para afirmarse, negarse o reconfigurarse en la nueva lógica, de manera que no hay contradicción entre ser fenomenólogo y ser estructuralista (una manera de definir a Lacan). Sin embargo, Milner reitera que el paso de Lacan por la filosofía es táctico, responde a operaciones de construcción de un autor.
Más productos de este Boletín
Boletin 30 Abstracto de figuras. Héctor Anchundia
La posición del analista en la clínica con niños
Fabiana Chirino O.
Boletin 30 Abstracto de figuras. Héctor Anchundia
Lo singular del síntoma en el niño
Judith Serrano
Boletin 30 Abstracto de figuras. Héctor Anchundia
Lacan y las lecturas del arte (A propósito de los análisis de Hal Fostery José Luís Brea)
Eduardo Albert Santos
Boletin 30 Abstracto de figuras. Héctor Anchundia
La transferencia en el último Lacan
Juan de Althaus
Boletin 30 Abstracto de figuras. Héctor Anchundia
La importancia de lo digital en la invención del partenaire
Mabel González
Boletin 30 Abstracto de figuras. Héctor Anchundia
El discurso amo capitalista
Tina Zarega
Boletin 30 Abstracto de figuras. Héctor Anchundia
El espíritu del Cartel
Adolfo Ruíz
Boletin 30 Abstracto de figuras. Héctor Anchundia
Editorial
Carolina Puchet