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Héctor Anchundia | Abstracto de figuras

La posición del analista en la clínica con niños

Fabiana Chirino O.

El analista, su posición y su acto

Un analista es aquel que sostiene el dispositivo analítico con su presencia, su cuerpo y su acto, aspectos que apuntan a un real ineludible, no sustituible por otros recursos. El cuerpo, en tanto presencia real pone en juego el goce, la palabra y la pulsión, mientras que el acto se sostiene en un vacío de saber ya que el analista opera desde un no saber universal o referencial que indique qué y cómo hacer en todos los casos. El acto analítico apunta a localizar un vacío, podríamos decir que se sostiene y sostiene un vacío.

El corte de sesión, el uso del semblante, el silencio, la interpretación, no son acciones sino actos analíticos cuando no apuntan al sentido e interrogan al sujeto por eso que le es más propio y singular, su modo de goce. De este modo, el acto surge como contingencia y sorpresa que apunta a lo real en cada sujeto.

Miller, en su texto “Acto e inconsciente” retomará a Lacan en su formulación “no hay formación del analista, solo hay formación del inconsciente”, para indicar que el analista se vuelve una formación del inconsciente cuando hay lapsus en su acto; solo en este caso, puede ser interpretado. Para Lacan – dice Miller- el inconsciente “es lo contrario del acto”, formulación que ya aparece en Freud bajo la forma de “actuar y no recordar” [1]. En este momento de su obra, el acto ubica algo del inconsciente y detiene la repetición a la que el inconsciente está convocado, por estructura. Por lo tanto, el acto estaría del lado de la “elaboración” pues constituye un punto de capitón, que limitaría la repetición del goce.

Solo el acto analítico permitirá localizar algo del inconsciente del sujeto. Como señala Miller “que el inconsciente en el análisis pueda solo ser captado mediante la interpretación quiere decir que se trata de un saber respecto del cual el lugar del sujeto es indeterminado” [2]. Por ello Miller señala que “el acto, el auténtico, el que no es pasaje al acto ni acting out” [3].

El acto, es lo que le permite al sujeto separarse del significante, abre la dimensión del malentendido de la lengua, “es aquello gracias a lo cual el sujeto se libera de los efectos del significante, para ser, para hacer, no para estar porque el estar se halla precisamente del lado de la indeterminación del sujeto” [4]. Esta referencia indica que el acto es lo que va a producir un efecto en el sujeto, a nivel de su relación con el significante, de modo que ya no determine su modo de ser y hacer, permitiendo otro modo de ubicarse respecto del significante y el goce que transporta.

El acto del analista es fallido, porque no apunta al sentido que pretende explicar, ordenar o taponar lo real, sino que señala lo imposible de significantizar. Miller dirá “el acto fallido quiere decir precisamente que el acto solo vale como formación del inconsciente, es decir en la medida en que es interpretable”[5]. Por otro lado, un acto analítico es lo que va a producir un efecto en el sujeto, marcará un antes y un después, como señala Miller “ciertamente, es un sujeto quien hace el acto, pero solo hay acto si ese acto lo cambia, si no es el mismo después” [6].

El acto es realizado por el analista, sin embargo la condición para sostener el acto analítico es que el analista no esté en el lugar del sujeto, puesto que para Lacan “el psicoanalista no es sujeto[7], no lo es en el acto analítico, aunque sepamos que es un sujeto de su propio inconsciente. En el dispositivo analítico, el analista ocupa la posición de objeto a, como lo señala Ana Ruth Najles “es el analista en cuanto se ofrece como lo que soporta el peso de ese objeto en el discurso analítico lo que permitiría ir en contra de las caídas del deseo que no suponen otra cosa que la irrupción de un goce (satisfacción pulsional)“[8].

Solo como objeto a, semblante de lo que no hay, un analista puede sostener un acto verdadero, que no es ni acting out ni pasaje al acto. Luis Solano, señala que Lacan define el acto verdadero como aquello que sucede en el lugar de un decir y que cambia al sujeto. “En el acto hay destitución del sujeto que lo instaura. En el acto verdadero, que no se confunde con ninguna acción, hay muerte del sujeto” [9]. Por ello el analista en el dispositivo de la cura, no es sujeto y solo puede operar en la cura a partir de un “yo no pienso”.

Luis Solano, dirá que la condición del acto verdadero, el analítico, “no se deduce ni tampoco se calcula. El acto analítico no es del orden de la garantía como tampoco es una suposición. El acto verdadero es del orden de la certeza, del riesgo y también del orden de la impostura”[10]. Contingente y sorpresivo, el acto es el medio por el cual se toca algo de la defensa y con ello algo de lo real en juego en cada caso. Por ello, la impostura indica que el analista “hace como si supiera lo que hace cuando en realidad no lo sabe de ninguna manera”[11], algo sabrá a posteriori, podemos decir, cuando verifique los efectos de su acto.

De este modo la noción de acto analítico es promovido a suplantar la noción de posición de analista, por la razón de que “el acto verdadero es creador, fundador y primordial. El acto analítico es la respuesta a la inconsistencia del inconsciente a partir de la consistencia lógica de objeto a” [xii]. Esto nos conduce a pensar en la última enseñanza de Lacan que apunta a un trabajo orientado por lo real sin ley, por lo que no tiene consistencia ni modo de inscripción y que, por lo tanto, itera como una singularísima marca en el ser hablante que lo hace gozar, lo mortifica, pero también que lo vivifica.

El acto analítico en la clínica con los niños

En la clínica con niños, ¿cómo sostener ese lugar de vacío?, ¿cómo operar desde el lugar de objeto a que cause un deseo de saber?, ¿cómo sostener un dispositivo no compatible ni con el discurso de la educación, ni el de la tradición, ni de la técnica o la ciencia, pero que sin embargo oferte un espacio para hacer con eso que a cada cual le resulta insoportable?. Son preguntas que surgen a partir de la demanda de los padres y profesionales psi de curar los síntomas en los niños, que emergen como lo que disfunciona en el campo del Otro y su norma universal.

Ante ello podríamos decir que un psicoanalista de la orientación lacaniana, sostendrá su presencia y su acto, frente a un sujeto, un hablante ser y no frente a un niño, adolescente o adulto, donde el tiempo lógico determine qué corresponde a cada edad o etapa. Un analista ofertará su presencia para alojar lo que es para cada sujeto lo más singular que tiene: su síntoma, su modo de gozar. Alojará la palabra y desde allí operará, mientras que su acto será analítico en tanto sostenga y se sostenga en un vacío de saber, que invite a cada sujeto, más allá de la edad que tenga, a reconstruir las coordenadas de su historia y de allí extraer las marcas con las que se armó una respuesta de goce ante lo real de la no relación sexual.

Un analista no es un sujeto, no quiere al niño, ni quiere algo de él, su deseo no se orienta por una norma o moral sino en un deseo de analizar, lo que implica conducir una cura lo más lejos posible, en función del consentimiento del sujeto, uno por uno, caso por caso, más allá de los años de vida que éste tenga.

NOTAS

  1. Miller, Jacques Alain (2009). Cáp. “Clínica y Súper Yo”. Conferencias Porteñas. Tomo 1. Buenos Aires, Argentina: Paidós. Pág 166.
  2. Ibídem. Pág 167.
  3. Ibídem. Pág 167.
  4. Ibídem. Pág 167
  5. Ibídem. Pág 167
  6. Ibídem. Pág 167
  7. Ibídem. Pág 167
  8. Najles, Ana Ruth (2006). Psicoanálisis con niños y problemas de aprendizaje. Guayaquil, Ecuador: Universidad Católica de Guayaquil. Pág. 28.
  9. Luis Solano, 2001. Extravios del acto y de las normas. Acting out, pasaje al acto y acto analítico. Ornicar. Revista Digital Multilingue. Asociación Mundial de Psicoanálisis. Pg. 1. Disponible en: http://wapol.org/ornicar/articles/180sol.htm
  10. Ibídem, Pág. 2
  11. Ibídem, Pág. 2
  12. Ibídem, Pág. 3
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