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Gabriel de la Mora | Entre lo que reflejo y veo

El analista sinthoma | A qué apunta la interpretación psicoanalítica

Carlos Márquez

Ricardo Benaim pinta rodeado de niños mostrando cómo hizo su obra “Ushuaia y Atalayas australes”, al mismo tiempo la amplía. Lo hace vertiendo puntos de pintura azul o verde sobre pintura blanca y espera a que cada gota tome su propio camino. Evidentemente no sabe qué va a pasar con cada gota, pero sería un error pensar que Ricardo no sabe lo que hace o que cualquier cosa que salga vale. Tampoco sabe si bastará una gota o un chorro, o cuánto tiempo se tomará por pieza. Bastará un rato, un poco de pintura, esperar, mover aquí y allá.

El crea oleajes. Lacan decía que la interpretación debía producir oleaje, se lo dijo a los universitarios de Yale en los años 70. “En ningún caso una intervención psicoanalítica debe ser teórica, sugestiva, es decir imperativa; ella debe ser equivoca. La interpretación analítica no está hecha para ser comprendida; está hecha para producir oleaje…”

A Lacan le gustaba molestar a los universitarios. Hay que molestarlos ocupándose de ellos con seriedad, expuestos como están a un superyó particularmente feroz. No se trata aquí de ser un seductor y fingir que a uno le interesa, sino de dejarse interesar por lo que a uno le interese de lo que tienen para decir, no escatimando las respuestas que uno puede dar de lo que sabe, sobre todo cuando se lo sabe a partir de esa caricia cáustica del paso del tiempo sobre el cuerpo que llamamos experiencia. “Es de mis analizantes que yo aprendo todo, que yo aprendo lo que es el psicoanálisis. Yo les tomo prestadas mis intervenciones, y no a mi enseñanza, salvo si yo se que saben perfectamente lo que eso quiere decir.” Con los universitarios hay que aplicar el mismo principio, tomar prestado de lo que está ya ahí, y no tanto de lo que se sabe. Por lo menos en los momentos críticos.

Esta es la doctrina de la interpretación lacaniana a partir de los años 70. La orientación que propone para este modo de interpretar es que “en la medida en que ustedes eligen bien sus términos, que van a importunar al analizante, encontrarán el significante elidido, aquél del cual se tratará”.

Aquí vemos la caída de un significante unario como producto en el discurso analítico, y la creación de oleaje como algo que suscita el problema de la verdad en el sujeto. Acudiremos para entender esto a un principio de lectura que explicita Miller en una conferencia de este mismo año denominada “El Inconsciente y el cuerpo hablante”, ahí dice: “…del mismo modo que la segunda tópica de Freud no anula a la primera, sino que la tiene en cuenta. Del mismo modo, Lacan no vino a borrar a Freud, sino a prolongarlo. Los reajustes de su enseñanza se llevan a cabo sin desgarros utilizando los recursos de una topología conceptual que asegura la continuidad sin imposibilitar la renovación.”

Esto nos alejará de la tentación de pasar por el último Lacan sin pasar por el primero, del mismo modo que Lacan tuvo que rectificar a aquellos que querían leer la segunda tópica para olvidarse de la primera. La interpretación, como la práctica donde fenomenológicamente puede captarse con mayor claridad lo que hace un psicoanalista y los principios a los cuales se debe, nos permite ubicar este principio de ruptura en la continuidad en la lectura y estudio que debemos hacer de Freud y de Lacan.

La interpretación entendida por Lacan en los 70 como algo que debe “producir oleaje” causa la caída de un significante unario como en el matema de los discursos de los tardíos sesenta, y a su vez suscita el problema de la verdad como puede leerse en Dirección de la Cura de 1956. En un proceso de aclaración continua e inacabada que dura hasta hoy, en una apertura permanente que funda nuestro discurso en los textos y prácticas desde el comienzo sin tradicionalismos, y nos permite la innovación sin rupturismos. Continúa Miller diciendo: “Nuestra reflexión se va tejiendo con un zurcido de piezas diversas de épocas diferentes, tomadas de Freud y de Lacan, y no tenemos por qué renunciar a llevar a cabo este zurcido para ir ajustando el psicoanálisis al siglo XXI.”

En el dispositivo analítico, en la lectura que hacemos de los textos, en la enseñanza que podemos adelantar en la escuela de psicoanálisis, pero también en la acción lacaniana que efectuamos por fuera de ella, en todos estos ámbitos se trata de usar la interpretación como un señuelo. Importunar al sujeto con términos bien elegidos de lo que dice, le hará producir el significante elidido del cual se tratará.

Todo esto con una intencionalidad política muy clara. Se debe ante todo buscar un efecto de incredulidad y de extrañeza de sí, más que de incomprensión o de desorientación. La inquietud que debe suscitar abre el campo de la verdad, para que se manifieste en él la vacilación que le es propia y se abra un tiempo precioso que se le arranca al sufrimiento que experimenta el sujeto cuando su división se tramita exclusivamente por un síntoma. El analista, que metaforiza el síntoma, que se pone en su lugar, es un síntoma acompañante al que puede dirigirse la pregunta por el “qué me quieres” que de hecho despliega el campo de la verdad. En virtud de la transferencia opera el doble movimiento de encarnar al Otro simbólico del que se espera una respuesta a la demanda de amor y de alojar al objeto a que es la clave del exceso que ha tomado la propia existencia.

Si hay en este sentido un paso en falso del analista, no es el de equivocarse en una tarea tan delicada, sino el de creer que se va a dar en el blanco y que se sabe cuál es el blanco. Dar en el blanco, como en el caso de Ricardo Benaim, es verter en él algo nuevo para que se susciten los recorridos del vacilante campo de la verdad, o para que se produzca el percatarse de los funcionamientos que organiza un saber que funciona maquinalmente. Su acto es performativo, como la interpretación psicoanalítica, que muestra lo que quiere mostrar y también cómo se muestra y de qué está hecha ella misma

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