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Gabriel de la Mora | Entre lo que reflejo y veo

Remisión de un síntoma a través del cartel

Luis Miguel Sánchez

En ocasión de una presentación de un cártel efectuada por Raquel Baloira en el que se destacó el tiempo lógico sobre el cronológico, tuvo resonancia para mí una frase, esta frase fue “La angustia cede al deseo”. Esta presentación produjo efectos de trabajo que movilizaron mi pregunta en un cartel del que formé parte cuyo objeto fue “Escritura y síntoma en psicoanálisis” Mi sujeto era simplemente la palabra “Semblante”.

Durante meses busqué algo que me ayudara, que me hiciera saber sobre mi sujeto para articular algo, escribir algo. Leí muchas líneas, abundantes artículos, múltiples autores y recordé las valiosas contribuciones que los cartelizantes hicieron en las reuniones. Hasta hace poco tiempo, todo lo investigado me permitió escribir unos pocos párrafos que a continuación voy a leer.

Me llamó la atención un enunciado de J. A. Miller, en las primeras páginas de su curso ” De la naturaleza de los semblantes” que dice lo siguiente: “Cosas, dioses y semblantes: bien podríamos preguntarnos si existe algo más”. A partir de allí me surge una interrogante sobre los dioses, están del lado del semblante o de lo real ? Preguntándome si solo existen cosas y semblantes y por qué Miller enumera a los dioses aparte de los semblantes.

Un cartelizante me da una referencia sobre parte de lo que dice Lacan sobre los dioses. Debo agradecerle aquí a Alexander Méndez haberlo hecho. Esta referencia es del seminario VIII, “La transferencia”. La referencia en cuestión es la siguiente: ” Los dioses – en la medida en que para nosotros existen en el registro que nos sirve para avanzar en nuestra experiencia, si es cierto que nuestras tres categorías nos son de alguna utilidad – los dioses, no hay la menor duda, son un modo de revelación de lo real” Si son un “modo de revelación” podríamos suponer en esta frase la indicación a un significante.

Tomando en cuenta lo que se ha escrito y nombrado sobre los dioses, tanto en la mitología como en las religiones podemos identificar los tres registros, real, simbólico e imaginario que son necesarios para hacer semblante. Tendríamos como registro imaginario la imagen de la letra por sí misma y en su efecto se puede captar el registro simbólico, velando un real que lo causa. Para que el semblante sea tal, debe velar un real, debe “hacer parecer” tal o cual cosa y para eso se vale de la imagen y del sostén simbólico del lenguaje, de los significantes. Pero todo este entramado es para precisamente hacer existir algo allí donde no está, no podría ser posible si no hay ese vacío que lo causa, es como el objeto de las matemáticas, que hace de ella algo dinámico, nada estático. Todo el andamiaje lógico, la escritura de símbolos y signos, los teoremas y demás, giran en torno de ese objeto inatrapable. Otro ejemplo sencillo es el del arcoíris, podemos verlo en todo su esplendor, vemos una imagen que es sostenida por una explicación científica que le da un marco simbólico, un marco por el significante. Por tanto, se revelan aquí dos registros, el imaginario y el simbólico pero cuando vamos a buscar ese arcoíris, a tocarlo, a buscar si al principio o al final está, según el mito, la vasija llena de monedas de oro, nos encontramos con que no existe en su materialidad. El arcoíris hace semblante porque en él hay un “hacer parecer” que existe pero se nos revela lo real que vela cuando no lo encontramos. Encontramos nada.

Allí es captable el registro de lo real posibilitado por medio del significante. El arcoíris escribe algo que no cesa de no escribirse.

Que los dioses sean ese objeto inatrapable, es decir, lo real, queda en cuestión al poder ser estos nominables, nombrables; entran en el registro simbólico, en el entramado significante. No es solo un significante, no es solo simbólico, con él entra en juego también el registro imaginario. En cuanto a lo real, pudiesen tener los dioses cualquiera de sus acepciones dependiendo de una creencia particular.

Todo lo que se ha construido alrededor de los dioses, pasando por la ley mosaica, que en nombre de dios introduce la ley simbólica en los hombres, toda la producción de los teólogos y doctores de la iglesia, de los predicadores, etc, se sostiene en una base simbólica en la que está incluído su mismo nombre, aún en el judaísmo donde este nombre no es nombrado produce un vacío que hace brillar su existencia. Hace semblante cuando trata de velar lo real, del significante va al semblante y lo real que lo causa no son los dioses en sí mismos, es, como lo conocemos, lo que no cesa de no escribirse. Cuando se escribe “dioses” o se escribe sobre ellos, esta misma nominación hace que no pertenezcan al registro de lo real y pasa a ser de un orden distinto a este, pasa a ser un significante y de allí al semblante.

Cuando Lacan inventa el objeto a no lo hace para precisar algo, no apunta a algo exacto, lo nombra para cernir lo real, para acercársele como producto de la lógica de una experiencia pero nunca para darle consistencia, para decir un “es esto”. La misma experiencia de análisis es la que nos muestra que es inatrapable. Por eso cuando se habla del lugar del analista como semblante de objeto, se habla de semblante y no del puro objeto por la imposibilidad de ser algo que no existe, solo se puede hacer semblante de él. En esta misma línea me parece que el discurso sobre los dioses tiene un paralelismo. Lacan nos dijo alguna vez que solo hay hecho de discurso, tomando este enunciado, pudiésemos plantear que el hecho de la existencia o no de los dioses es un hecho de discurso. Existen, tienen un lugar para la humanidad a través del discurso, del lenguaje, pero no como causa sino como efecto de discurso. La causa siempre va estar del lado de lo real, de lo innombrable, de lo imposible de escribir.

Lo que en realidad fue muy valioso para mí en este cartel fue que durante la búsqueda de datos en todas partes, como dije al principio, me acompañaba siempre la angustia. En el momento que escucho la frase “la angustia cede al deseo” se precipita en pequeños actos todo lo que escribí. Es en el acto donde encontré mi deseo más allá de lo cuestionable de los resultados que obtuve en el trabajo de cartel. Fue el acto de escribir lo que me hizo librarme de algo de esa angustia. En eso hay una ligadura con el objeto del cartel. En primer lugar, es evidente, el afecto de angustia que como todos sabemos se escribe en el cuerpo, venía por la imposibilidad de no poder escribir nada sobre mi sujeto. Lo más sorprendente para mí y en ello es que pude captar todo el valor del cartel, es que la angustia cedió un poco cuando tomé un lápiz y un papel para escribir las ideas que me sorprendieron varias veces en uno u otro lugar. Lo que no podía escribirse en el papel, se escribía en el cuerpo bajo el afecto de angustia. Escribir significó para mí poder dar el paso a presentar algo de este cartel que espero me siga produciendo efectos. Y tomo el escribir como un acto que atañe al cuerpo, la sensación de gastar el lápiz sobre la hoja en blanco, percibida por el cuerpo y un acto para mí muy difícil, fue lo que me permitió darle paso a mi deseo y aliviar algo de la fastidiosa angustia. No importaba si lo escrito era malo, mediocre, bueno o excelente, en este aspecto cae algo de lo imaginario del saber. Se me revela que en mi propio acto podía hacer esa apuesta así

fuese a pérdida. Pérdida que me permitiría ganar algo, eso que gané, es un vaciamiento de goce. Pasar del goce de angustiarme por no escribir algo valioso a obtener un goce diferente así fuese a cuenta de que lo escrito no fuese de mayor importancia. Hay allí una caída, la caída de un objeto que produce ese vaciamiento con la lógica reducción de la angustia. Todo esto me remite al objeto del cartel “Escritura y síntoma en psicoanálisis” a lo que agregaría hoy “no sin el cuerpo”. Y me pregunto: Hay en esta experiencia alguna especie de remisión, de cambio por medio de la escritura de un “no puedo escribir” sintomático a través del cartel? De su propio objeto?

También y para terminar, todo esto me demuestra la importantísima función del cartel en las escuelas de orientación lacaniana y aún más, que dicha función está estrechamente relacionada con el análisis personal y como la escuela, el cartel y la experiencia analítica es un modo de sostener, desde el deseo particular, el trabajo de escuela.

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