
Una solución invisible
Ana Viganó[1]
Es un placer para mí estar en la mesa de apertura de esta II Jornada de carteles, con este precioso título “El saber alegre en el cartel”.
La vigencia del cartel es un hecho incontestable que se verifica hoy, una vez más, con la copiosa respuesta a la convocatoria del secretariado. Han llegado muchos productos muy valiosos que darán vida a la Jornada de hoy, a la vez que auguran con su impulso una serie de jornadas por venir, en vivaz crecimiento. La apuesta por esta segunda jornada marca el hito de una apuesta: la de la confianza en la vitalidad del cartel en nuestra Escuela y de un equipo comprometido seriamente con su deseo. Tenemos un gran trabajo por delante en esta mañana, por lo que no voy a ocupar demasiados minutos.
Pero me gustaría compartir algunas ideas a partir de una cita de J.-A. Miller en El banquete de los analistas, cita que recordé a propósito del título de esta jornada. Dice Miller: “el cartel es una de esas soluciones invisibles que Lacan inventó y situó en el principio de una Escuela, de un nuevo tipo de sociedad analítica capaz de prescindir del Nombre-del-Padre siempre que sepa valerse de él. […] Se puede prescindir del Nombre-del-Padre con la condición de valerse de él” y agrega “he aquí lo que demuestra el cartel”[2]. Lacan abordó el problema de las sociedades analíticas de su época en la medida en que interpretó que estas se consolidaban alrededor del Padre muerto, mejor aún en torno de un engullir, devorar, satisfacerse del saber del Padre muerto. Es por eso que Miller propone usar la fórmula lacaniana que subraya la posibilidad de servirse de él, ir más allá del Nombre-del-Padre, sirviéndose de él, es decir, volviéndolo instrumento. En el seno de su Escuela y como órgano de base, Lacan sitúa al cartel como un espacio donde el discurso circule de forma tal que no gire en torno del Padre muerto. Es la propuesta de Miller. Podríamos oponer hoy lo alegre del saber a la dimensión mortificante del saber, en relación con el Edipo y su más allá, en el cartel y en la Escuela.
Algunas cosas son necesarias para que esta vuelta instrumental se produzca. Por un lado, la introducción de un elemento no-semejante al resto, el más-uno, como lugar de estructura, una parte de la serie que está, paradojalmente, fuera de la serie también, y cuya función privilegiada es formar el conjunto. Por otro, el cartel se sostiene -espero que lo hayan podido verificar-, de una forma de trabajo privilegiada para nosotros: la conversación, sustancial al cartel pero también a la vida misma de Escuela. Una Escuela, para servir al psicoanálisis, tiene que mantener viva una conversación permanente sobre el psicoanálisis en la época que habita, a fin de estar a la altura de sus propósitos, en cada tiempo y lugar.
Una conversación de este tipo que se sostenga, requiere la decisión de cada uno de entrar en ella, cosa que no puede obligarse; ello es posible solo por la puesta en marcha de un deseo. Si uno decide entrar, tiene que consentir también a resultar ser tocado por los efectos mismos de esta conversación, a reconocer que el otro tiene algo para decir que puede serme útil también a mí, a veces, incluso sin saberlo de antemano, y aceptar que mi propio discurso puede decir más de las cosas que yo mismo creía. De este modo, dice Miller, podemos aproximar una definición de conversación tal como la piensa Lacan, como una práctica esencial de la desuposición del saber sea como propiedad exclusiva de alguno, es decir, la desuposición de un saber que se presente como completo y a nombre de alguno. La clave es preservar que siempre quede algo por decir y una conversación, si lo es, encarna lo que resta por decir. En tal sentido es que en la conversación -y en el cartel, en tanto la conversación es su disciplina-, se puede ir más allá del Edipo. Esto implica agujerear al Otro como garante del saber al tiempo que se rechaza la idea de palabra final o de último punto de capitón del saber, poniendo en el centro la cuestión de lo que no se sabe. Pero no de lo que no se sabe porque aún ese saber me falta, y lo obtendré con ciertos trabajos y tiempos. Esta dimensión no desaparece, ciertamente, es un propósito de la perspectiva que podemos llamar de saber en términos de aprendizaje y esto es, evidentemente, necesario en términos de profesión, digámosle así. Pero para nosotros se trata de poner en el centro de la cuestión lo que no se sabe del psicoanálisis mismo, en tanto habita un imposible de saber en ese centro, y alojar allí nuestra causa de trabajo. Esto sólo es posible haciendo valer la propia enunciación, cuya caja de resonancia no es sino este vacío central.
Cada cartelizante debería poder advertir que forma parte de esta conversación esencial para mantener vigente el psicoanálisis lacaniano en nuestra época bajo la exigencia de no ceder su propia voz a ninguna deriva de lo colectivo sino poder mantener la resonancia de su propia enunciación dentro del colectivo. Hay colectivo, pero no hay enunciación colectiva, es lo que deriva de esta tensión fecunda entre estos modos distintos del saber. Los “dispositivos de la Escuela, como el cartel, […] son la sede más o menos silenciosa o más o menos sonora de una conversación permanente que existe en las Escuelas”[3]. Así, cada cartelizante, sea o no miembro o asociado, participan de pleno derecho de esta conversación del psicoanálisis lacaniano en su época y apuestan por su ex-sistencia. Es la dimensión política del cartel la que queda así enfatizada por Lacan, y articulada de manera esencial a la dimensión epistémica, dimensión a la que no se fuerza sino que se consiente, que es del orden de una experiencia tal que, puesta en marcha, puede devenir en un saber alegre, más allá del Padre muerto edípico, un saber no-todo, vital para el psicoanálisis lacaniano contemporáneo.
Nos deseo una excelente II Jornada de carteles, hoy.
¡Salud por ello, y por las que vendrán!
[1] Miembro de la NEL y de la AMP. Presidente de la NEL (2023-2025)
[2] Miller, J.-A., El banquete de los analistas, Paidós, Buenos Aires, 2000, p. 142.
[3] Tarrab, M., “Tres para el cartel: psicoanálisis Escuela y pase”, Lo real y el decir, Grama, Buenos Aires, 2023, p. 17.
