
Palabras de presidente, Ana Viganó
El encuentro de trabajo que hoy tenemos por delante comenzó a gestarse materialmente en las calles de Santiago, donde conversando y caminando con la Secretaria de Carteles echamos a andar el deseo de construir un camino. Hace un año -desde Lima en aquella ocasión-, y apuntando a una lectura del momento de nuestra Escuela, nos preguntábamos : ¿Qué hora es en la NEL?, pregunta que dio lugar a un trabajo de múltiples y vivaces recorridos que provocaron la precipitación de algunos momentos lógicos como este: Es la hora de la I Jornada de carteles que hoy celebramos, en Bogotá. Porque sí, este encuentro es para mi, ante todo, una celebración: de la ratificación de la vigencia y vitalidad del cartel en nuestra Escuela, y del deseo de hacerlo existir no solo en nuestras comunidades locales, en las que los carteles tienen mucha presencia efectiva, sino también hacerlo vibrar en una de las formas episódicas de materialización del Uno de la Escuela, bajo nuestra forma singular de hacer Escuela cuyas tensiones y fecundidades nos ha señalado, interpretado y trasmitido tan generosamente Christiane Alberti en sus últimas elaboraciones para la NEL.
La oferta del cartel es para todos, esto es, para todos los que se sientan convocados por el psicoanálisis, puesto que la Escuela es asunto de quienes se interesan por el psicoanálisis en acto.
El cartel es un lugar privilegiado para hacer avanzar al psicoanálisis por la desuposición del saber psicoanalítico adquirido, a favor de sostener siempre vivo un deseo de saber; pero es también lugar de acogida de otros saberes que no siendo propiamente psicoanalíticos, son puestos en un lugar de causa para este avance, razón de una interrogación responsable en el seno de una Escuela que no se cierra en sí misma. Nuestra práctica se desenvuelve en un contexto donde la globalización de los procesos productivos coloca a la cuantificación, la norma y la evaluación como las referencias obligadas, y donde la elucidación de los sustratos neurobiológicos de ciertos procesos de cognición se traduce en una terapéutica cuya principal referencia es la medicalización de la vida, y una pedagogía democrática. Si lo dicho funciona y se verifica como un problema inherente a la civilización que adquiere las formas de expresión de cada época, ¿Cómo preservar que la formación de los analistas se vea tentada de sucumbir a los efectos del nuevo Rey Midas, que todo lo que toca lo vuelve evaluable, homogeneizable, totalizante?
El cartel fue la invención y sigue siendo la respuesta actual, renovada, de esa apuesta.
En tanto propuesto por Lacan el cartel es parte de un legado. Pero no se trata sólo de una cuestión histórica aunque ésta tenga toda su importancia. Se trata de una herencia que está en el corazón mismo de la trasmisión del psicoanálisis -y de su práctica-: los psicoanalistas deben su asociación a la forzosa tarea de compartir un saber que no es comunicable de sujeto a sujeto. No hay intersubjetividad posible de este saber; lo que hay es transferencia, que JAM destacó de ese modo: “La enseñanza del psicoanálisis no puede trasmitirse de un sujeto a otro sino por las vías de una transferencia de trabajo” El vínculo social con los otros hace posible un trabajo en común, y continúa luego, en la puesta a cielo abierto con la discusión del producto, en la tarea crítica.
El cartel es una “máquina de guerra contra el didacta y su pandilla”, contra los saberes instituidos y su dogmatización. Así, esta invención nacida de un concepto íntimamente ligado al monopolio y al poder, se opone al monopolio del saber globalizado, tecnocientífico y paratodista. Pero también –y fundamentalmente- pone en jaque la cuestión del saber en el seno mismo de la Escuela. Nadie puede arrogarse el saberlo todo sobre el psicoanálisis. Un analista, incluso luego de haber hecho el pase y haber sido nominado AE, puede saber con bastante exhaustividad sobre su síntoma, su propio deseo y la causa de goce que le anima, y aún trasmitir ese saber nuevo en una enseñanza original, pero no lo sabe todo sobre el psicoanálisis, ni sobre el síntoma, el deseo y el goce del que se sienta a su lado. El cartel se inscribe allí donde se enlaza una y otra perspectiva de formación.
El cartel como dispositivo está allí, ofreciéndose al buen ignorante que se proponga alguna articulación con el psicoanálisis en acto. Bisagra, evoco aquí el logo de Carteles de nuestra Escuela, como estructura mínima de dos herrajes más un eje que permite el giro de dos superficies, demarcando topológicamente espacios y tiempos, bordeando algo de lo real singular de quien consienta a la experiencia y de lo real propio del psicoanálisis mismo. Así es como entiendo la fórmula con la que Miller desarrolla que el cartel transcurre entre el discurso analítico y el discurso histérico. También así puedo pensar al cartel como respuesta de la Escuela a la civilización y su malestar: refugio que es trinchera, en el sentido en que promueve la singularidad de un bien-decir posible en un mundo que intenta rechazarlas; que permite articular, abrir, pero también escandir, poniendo un dique a la reproducción de ese malestar, haciendo lugar para lo dispar, para la heterogeneidad de aquello que hace al otro -y a lo otro que hay en mí-, incomparable. El cartel se ubica sobre el imposible grupal -la alteridad que lo habita-, que aún así puede hacer lazo social. Bisagra también entre lo ya-sabido y lo no-sabido, y más aún entre lo ya-dicho y lo que siempre resta por decir.
Celebramos hoy la apuesta de los saldos de saber alcanzados por cada uno de los colegas que hoy nos presentan sus productos a cielo abierto en el seno de la Escuela. También el plus de saber que, auguramos, se produzca en cada una de las mesas de trabajo, en sus conversaciones. Y brindo de antemano, por saber aún no articulado, el saber aún no dicho, el saber por venir bajo la forma de un deseo siempre vivo, que esta Jornada cause.
¡Nos deseo así una muy buena y bienvenida I Jornada de Carteles!
