Si entendemos la contingencia como la posibilidad de que algo suceda o no, me interrogo si la transferencia analítica, puede tomarse como un hecho contingente en la vida de un sujeto que le permita hacerse a un nuevo saber sobre lo real de su inconsciente. Hago eco en esta pregunta de una cita de Miller en su conferencia en Comandatuba1Miller, J.-A. Conferencia en Comandatuba, IV Congreso de la AMP – 2004, Una fantasía, http://2012.congresoamp.com/es/template.php?file=Textos/Conferencia-de-Jacques-Alain-Miller-en-Comandatuba.html cuando plantea que “…lo que hace existir el inconsciente como saber, es el amor (…) un psicoanálisis, demanda amar a su inconsciente. Es el único medio de hacer, de establecer una relación entre S1 y S2”
En la práctica la cuestión es como abrir la partida de la experiencia psicoanalítica de tal manera que se de un movimiento del consultante que habla desde su yo al sujeto de su inconsciente. ¿Qué tanto esto es posible en las condiciones de la práctica a distancia que el covid-19 ha generado?
En esa vía, alguna otra formación del inconsciente, puede indicar la apertura a esta otra escena de lo que queda dicho en el decir. Puede serlo también un dicho del analizante que resuene distinto en el cuerpo, haciendo de una entrevista una experiencia inédita.
Miller señala en su texto CST que la transferencia analítica es correlativa a que el sujeto pueda “agregar” al analista al síntoma en su circuito libidinal como un Otro al que se dirige. Es un movimiento que implica una perturbación en lo real de la seguridad que obtiene el sujeto de su fantasma.
Lo real de/en la transferencia zanja una diferencia entre el sujeto que se produce por la articulación significante, sujeto del inconsciente, y el sujeto del cuerpo hablante, parlêtre, constituido por los efectos del choque en su cuerpo de lo Uno del significante. Es un desplazamiento que va de los efectos de sentido al sinsentido de una satisfacción fijada en el cuerpo.
En este punto donde la transferencia toma su carácter más real se enfatiza la presencia del analista, ahora con relación a la noción de cuerpo hablante, tanto del analista como del analizante, haciendo estremecer en cada caso eso que se goza en el cuerpo.
A nivel político, la transferencia y sus diferentes perspectivas tiene consecuencias. Por una parte, lo que se pone en juego es si la práctica analítica se torna una psicoterapia más del mercado o logra la dignidad de un acto analítico. Así mismo, también está la cuestión del lazo que hay entre la transferencia analítica y la transferencia de trabajo a nivel del grupo analítico, en nuestro caso, en la experiencia de Escuela. En el momento que estamos atravesando donde, por el confinamiento como medida preventiva ante el contagio por coronavirus, la práctica analítica ha sido afectada por la no posibilidad del encuentro de los cuerpos de analista y analizante; donde hay un incremento mayúsculo en la oferta de terapias online que se ofrecen desde la “comodidad de la casa”, las enseñanzas del pase me parecen sumamente cruciales a la hora de pensar y preservar los principios de la práctica analítica.
Oscar Ventura señala algo que me parece crucial: “…lo que llamamos la clínica del pase y la transmisión que ella vuelca a la Escuela no sólo ilumina el final, sin duda esa cuestión fundamental. Sino que también es una brújula para la comunidad amplia de los clínicos que se orientan por la práctica del Psicoanálisis, sean cuales fueren los momentos que se encuentran en relación a su análisis y a las causas que para cada uno desencadenaron una autorización como practicantes.”
Orientarse por lo real en la transferencia, así sea en una práctica a distancia, hace de este lazo algo distinto a un lazo humanista y empático. Desde esta posición “inhumana” se intenta tocar lo más “inhumano” del ser hablante, su goce autístico. Posición inhumana en el analista que lo separa de los afectos que le pueda generar el analizante para tratar el goce, los restos, esas piezas sueltas de cada uno, que para un sujeto pueden estar teñidas de una paradójica satisfacción que muchas veces lo conducen a lo peor. La posición inhumana del analista lo convierte en el analista trauma que con su intervención se hace partenaire de lo real del síntoma del sujeto y hace resonar sus marcas traumáticas. ¿Es esto posible cuando la presencia de los cuerpos no se da? Por otro lado, un análisis no está garantizado por la sola presencia de los cuerpos. Por lo pronto, en la contingencia del confinamiento, tocó maniobrar con lo posible. Los efectos de esta práctica habrá que verlos en el caso por caso.
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