El campo donde opera el analista está organizado por sistemas de clasificación diagnóstica, siendo los principales el DSM y el CIE. Con estos manuales, CIE fundamentalmente, están reguladas las atenciones ligadas a la salud mental, tanto en el ámbito público y privado. Clasificaciones como conjunto de síntomas que definen síndromes, ya no estamos en lo que Lanteri-Laura denominó el paradigma de las estructuras clínicas.
No podemos desconocer que hay una fascinación clasificatoria. En salud pública, por ejemplo, se requiere tener un diagnóstico para acceder a atenciones de psicoterapia. Si bien estos pudieran ser operativos y los manuales antes mencionados tienen fines estadísticos y una pretensión a contribuir al diálogo entre los profesionales afines, se constata la reducción de un sujeto al diagnóstico. Algunos profesionales se lo comunican directamente a quien consulta. Otros lo buscan. Seguro más de alguien ha recibido a una persona que llega con su checklist y pide que le confirmen el diagnóstico que él ya se encontró. Estos manuales son de mucha ayuda para quienes tiene una visión biologicista y requiere tener bien delimitado el cuadro sindrómico para recetar medicamentos o tareas estándar, procedimiento habitual en lo que se hace con las patologías en salud. Para el analista no ayuda mucho, se encuentra con cuadros desmenuzados, desilachados, y por lo demás, ateóricos. Si hay algo que la experiencia clínica enseña, es que existen las estructuras y que estas son sólidas, no se modifican ni pasan de una a la otra[1]. Un fenómeno clínico puede presentarse en distintas estructuras clínicas.
Para hacer algo con el sufrimiento hay diversas clínicas. Lacan recuerda que hay una clínica que es antes del discurso analítico, que es la que Freud hereda[2]. Él mismo también hereda e incluso se forma en una clínica determinada. En cuanto a la clínica psicoanalítica, lo que la distingue es ser una clínica bajo transferencia[3], con esta orientación me aventuro a pensar el diagnóstico en estos parámetros. Es decir, no sería sin el lazo transferencial, el cual se manifiesta por el hecho de la relación con alguien a quien se le habla[4], con lo que el analista se propone elaborar su clínica y pensar el ámbito diagnóstico, que es estructural. Para ello, el analista considera a quien está como paciente o analizante como un sujeto y no como un objeto. Para otro tipo de diagnósticos, no se requiere que se dispongan muchas palabras, sólo confirmar o descartar la presencia de ciertos síntomas, pudiendo prescindirse incluso de quien las presenta. Me parece que hay una vertiente del lazo transferencial que no sólo podemos hallar con el analista, sino que también con la institución que alberga la práctica.
Lacan señala que los sujetos de un tipo no tienen utilidad para otros del mismo tipo, y que es concebible que un obsesivo no puede dar el más mínimo sentido al discurso de otro obsesivo[5]. Sin embargo, también advierte que el síntoma del obsesivo no es el síntoma de la histérica[6]. Es decir, hay posiciones subjetivas distintas, que, si bien pueden clasificarse, dicen muy poco de lo singular de un sujeto. Habrá otros casos que se escapan a la clasificación e, incluso, las desafían.
Desde el psicoanálisis no hay un anhelo de clasificar, básicamente porque no se pretende reducir al sujeto a una categoría diagnóstica. Pero sí es necesario orientarse sobre qué defensa contra lo real se ha armado. Miller advierte lo que pasaría si tratamos una histeria como una psicosis, la hundimos[7]. La nosología psicoanalítica no se fundamenta en la naturaleza, tienen algo de relativo y artificial, son sólo semblantes, al igual que otras nosologías. Su fundamento, dirá Miller, es la conversación de los practicantes[8]. En este fundamento podríamos hallar otra diferencia con otras disciplinas, en donde a partir de un enfoque de derechos, se promueve como política pública la comunicación directa sobre con qué diagnóstico figura un paciente. Algunos de los efectos de estos lo podemos verificar en la práctica cotidiana.
Para concluir, momentáneamente, me parece que en un campo donde las clasificaciones diagnósticas están tan presentes conviene que un analista reflexione sobre este tema, porque llegará la hora, más temprano que tarde, que tendrá que dar cuenta de ello, sobre todo si su trabajo se desarrolla en el ámbito público.
[1] Miller, J.A., Psicoanálisis y psiquiatría.
[2] Lacan. J. Introducción a la edición alemana de un primer volumen de los escritos.
[3] Miller, J.A., Clínica bajo transferencia.
[4] Lacan, J., Seminario 8, clase del 1 de marzo de 1961.
[5] Lacan. J., Introducción a la edición alemana de un primer volumen de los escritos.
[6] Lacan, J., Seminario 22, clase del 18 de febrero de 1975.
[7] Miller, J.A., Psicoanálisis y psiquiatría.
[8] Miller, J.A., El ruiseñor de Lacan.
II Jornadas de Carteles NELcf
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