Esta es mi primera experiencia como integrante de un cartel. Algo que, para mí, ha marcado también mi estar en el mismo. Me refiero a poner el cuerpo en el quehacer como practicante del psicoanálisis. Me refiero, también, a acercarme a una nueva forma de pensar el saber: aquella que no necesariamente pasa por un entendimiento lógico, racional, exacto y previsible. De esta forma, para mí, el cartel apela a dos significantes: la falta y lo contingente.
La lectura del Seminario 14 me ha colocado en el lugar de la falta: la del saber que no está, que me es difícil asir, que es imposible ser abordado igual a otro tipo de saberes. También la del saber derivado de la experiencia analítica propia, la de la casuística como puente ante la bruma de saberes y ante mi resistencia para consentir lo incompleto. Pero es justo esta falta —que me coloca de otra manera ante el saber, lejos de lo que debería entender—lo que hace fogata con mi deseo de cartel.
Así, pienso que estar en un cartel implica sacudirse de una dinámica cercana al discurso del amo. Lacan (1969) desarrolla la lógica de los cuatro discursos —discurso del amo, discurso histérico, discurso universitario y discurso del analista— en el Seminario 17 “El reverso del psicoanálisis”. Los cuatro discursos, plantea, son maneras diferentes que tienen las personas de tratar el goce, de mantener el orden del mundo, en donde cada discurso representa una forma de estructurar el lazo social. En este sentido, estar en el cartel (con la incertidumbre y la falta que ha implicado) ha sido una experiencia distinta de saber, ajena a las coordenadas contemporáneas enfocadas en resultados, certezas y otros artificios centrados en el entendimiento rápido y sin dudas.
A su vez, la lectura del seminario me recordó al texto “El camino del psicoanalista”, de Eric Laurent, ubicado en el libro “La experiencia de lo real en la cura psicoanalítica”, curso elaborado por Jacques-Alain Miller. Laurent sostiene que el camino o tao del psicoanalista es el de ser editor: alguien en función de puntuar un texto. Alguien que quita, remarca, mueve una palabra, un significante. Alguien que lee un texto no para sólo interpretarlo —ya que el sentido tiene un tope y las palabras mienten— sino para sacar de este algo de real, algo de goce.
En el mismo libro, en el capítulo “La neurosis lacaniana”, Miller apunta algo dicho por Lacan en su enseñanza: “una interpretación cuyos efectos se comprenden no es una interpretación analítica”. Es decir, la función del analista implica una intervención que no pase exclusivamente por el sentido, por lo inteligible, sino que mueva o toque aquello siempre elusivo, que solo puede rodearse: el goce. Dice Miller “Para Lacan, la experiencia analítica consiste en desatar, encontrar, formular y asumir lo que una vez llamó jirón de discurso”. En este sentido, me surge una pregunta: ¿no es la lectura de los seminarios, dentro del formato de cartel, algo que apunta justamente a un entrenamiento en rodear lo inteligible? Dicho de otro modo, si el camino del analista tiene como función lograr rodear el agujero del goce, dibujar aquello que no tiene forma, ¿no sería ésta la misma función que operaría en el practicante de psicoanálisis cuando lee un seminario?
Regreso a este punto porque mientras voy escribiendo este texto me percato de la posición en la que he caído, en ocasiones, al leer el seminario. Como practicante del psicoanálisis, mi experiencia en el cartel implicó un aprender a consentir dos movimientos internos: el de descentrar el sentido como eje de la lectura —lo que a su vez se relaciona con no colocar el sentido como eje de la cura, sino la experiencia de lo real— y el de descubrir cómo el discurso del amo atravesó de forma fundamental parte de mi experiencia de lectura. Además, identifico que el discurso del amo, que aspira al apaciguamiento de la incertidumbre a través de simulacros de certeza apoyados en un exceso de sentido o saber cerrado, fue un obstáculo inicial que explica por qué no entré a un cartel antes.
Para cerrar, abordaré lo contingente. Pienso que el cartel, como dispositivo, bebe de lo contingente: lo no guionado, lo imperfecto, lo raro, con una lógica interna dictada por los integrantes del encuentro. Como si fuera posible, y claro que lo es, que cada cartel sobre el Seminario 14 parta, navegue y arribe a puertos distintos. Y estos ingredientes son esenciales, únicos, para bordear en algo lo real.
II Jornadas de Carteles NELcf
El saber alegre, en el cartel
Mesa de apertura
Mesa plenaria
Título:





