Antes de aventurarme en este escrito, me permito explicar que este texto está orientado no solo por el saber alegre, sino también por el gusto, que para mí es algo que tiene que ver con la boca, la lengua y el paladar.
En el pasado, mucho antes de buscar hacer parte de un cartel, una y otra vez me intrigaron preguntas que me remitieron a la idea fundamental de que el analista de orientación Lacaniana se dedica a un hacer que algo de mí no solo buscaba saber sino poder nombrar. Pensando en retrospectiva, es revelador imaginar que, si mi persona pasada se diera la mano con mi persona actual, se podría verme en dos posiciones diferentes que transcurrieron en el mismo cartel.
A esa que fui muy al principio, el cartel le ofreció una experiencia extraña: No hay profesor o maestro, hay Más Uno. No hay estudiantes, sino cartelizantes. No se reúnen muchos o muchas, sino 4. No viene nadie a impartir una clase y tampoco es una conferencia. Eso tuvo todo de subversivo. Si alguna otra palabra se le acerca, es retador. Luego, y a pesar de que dejé palabras sin decir, a la cartelizante que terminé siendo, lo que el cartel le ofreció fue la posibilidad de saborear y decir palabras distintas. Las palabras del discurso Psicoanalítico se constituyeron como otra lengua, me ofrecieron algo diferente de aquello que aprendí al estudiar Psicología. Definitivamente algo me tocó de la manera más íntima. Y en pequeñas dosis, diferentes sabores se hicieron accesibles a mi paladar.
Al iniciar mi camino en este dispositivo de trabajo, mis tímidas aproximaciones en forma de hipótesis; mis observaciones y mis pensamientos animados por las conversaciones sostenidas tuvieron que pelear para salir de mi boca en múltiples ocasiones. No obstante, trabajar un rasgo propio, en mi caso guiado por el interés por saber del síntoma analítico y las operaciones del analista, hizo que transitara desde preguntarme por lo singular en cada sujeto hasta preguntarme por eso tan singular que me pasaba a mí con mis palabras no dichas en el cartel. De allí que haya corroborado no solo que el saber que se puede construir en este dispositivo requiere de cada quién un esfuerzo, sino que es un saber que atraviesa.
Ese primer cartel que me supo extraño facilitó tanto la formalización de mis dudas y la elaboración de lo que ahora son sus respuestas como la transformación de mi manera de decir y la posición desde la cual me enuncié: cartelizante. Porque no es lo mismo hablar cuando no se tienen palabras atoradas en la boca. Y fue a partir del estudio del trabajo de otros analistas que la tendencia a pensar y recluir mis elaboraciones para mis adentros se convirtió en una aventura, en hacer de lo vivido, de lo hecho y de lo pensado dentro del cartel, susceptibles de ser compartidos, sacándome de cierta soledad.
Los regustos que se quedaron en mi paladar al leer casos como: La dirección de la cura, de Estela Solano; Exigir el síntoma, de Patrick Monribot y Un caso no tan raro, de Jean-Pierre Deffieux fueron lo que en inglés se llamaría “stepping stones” o piedras de apoyo para descubrir en el transcurso de casi dos años, eso que apareció para mí al tomar parte en un cartel. Y me atrevo a formular que hay momentos en los que, si bien se puede asistir a un cartel, eso no necesariamente es garantía de que uno tomó la posición de cartelizante. Hay interrogantes y sacudidas a las que, si uno no les da cabida, poco de lo propio puede aparecer porque se queda uno sin ser atravesado por el conocimiento, sin ser interpelado, sin acceso a una relación viva. Solo entonces me parece que se hace notable el efecto que el cartel puede tener en la subjetividad de un cartelizante.
El gusto por el trabajo fue vehículo de mis dudas; motor de mis elaboraciones; inyección de adrenalina para compartir con otros mis conjeturas y sacarme de mi soledad; sutil borde para no llenar de sentido lo estudiado sino tomarlo por su palabra; y, finalmente, brújula que orienta el esfuerzo por este saber. Me queda para disfrutar y gustar mientras vivo este cuerpo de conocimientos que está en constante movimiento, el pensar en todas las presentaciones del gusto que hicieron del cartel el origen de un saber alegre. Y ahora puedo decir que por preguntarme por un saber sobre un hacer que yo estaba ansiosa de poder nombrar, que me enteré de que, para mí, entre otras cosas, un analista se dedica a un hacer que permite a los sujetos de la palabra saber nombrar.
II Jornadas de Carteles NELcf
El saber alegre, en el cartel
Mesa de apertura
Mesa plenaria
Título:





