A partir de una de las preguntas propuestas por las XV Jornadas de la NEL, sobre cómo hacer existir el inconsciente en la práctica privada e institucional y cómo maniobrar con la demanda, me pregunto si es posible dar lugar a lo singular dentro de una clínica oncológica, donde la muerte se presenta como un real inminente, cómo escuchar al sujeto del inconsciente en el contexto de un protocolo para todos.
¿Existe la posibilidad de hacer un trabajo que dé lugar al encuentro con un analista durante la enfermedad? Intentaré responder esta interrogante a partir de tres viñetas clínicas:
L., 43 años, es una paciente en fase terminal. Madre de tres adolescentes, que desde que conocen la enfermedad, se comunican poco con ella, dice: “ellos ya no me piden permiso para salir, no me cuentan sus cosas, me tratan como si yo ya estuviera muerta”. Su esposo sostiene la misma conducta de infidelidad de siempre y la relación con su madre sigue siendo conflictiva. En los encuentros con la analista, habla de su situación familiar, es poco lo que subjetiva sobre la enfermedad, no hay pregunta sobre la eficacia del tratamiento, L. confía en él. Uno de los médicos propone llevarla a cuidados paliativos. Intervine: “¡NO! Hay que continuar con el tratamiento”. Argumentando que la paciente no cuenta con recursos subjetivos para ello, así que se decidió mantener la quimioterapia hasta su fallecimiento.
R., cáncer de mama, pronóstico favorable. Le recomiendan seguir su vida habitual durante el tratamiento. No obstante, R. ocupa un cargo gerencial en la misma clínica donde recibe atención, explica “es que es muy difícil venir a trabajar aquí mismo donde me está pasando esto”, angustia que se suma a los efectos secundarios de la quimioterapia. Solicita suspensión médica y doy lugar a ello. Él medico responde: “Los libros dicen que ella puede seguir trabajando”. Le contesto: “¿Dicen algo los libros sobre qué hacer cuando el trabajo de la paciente es en la misma clínica donde se está tratando la enfermedad?”. El médico le otorga una suspensión laboral por tres meses que le permite tratar la angustia. Se producen entonces encuentros analíticos, en donde R. logra poner en palabras lo que sucede ahora con su cuerpo y su sexualidad.
Z. mujer de 60 años, cáncer de ano. Las radioterapias le provocan quemaduras, le cuesta hablar por el dolor. Los médicos recomiendan suspender temporalmente el tratamiento hasta que mejore. Sin embargo, su única hija se opone a aceptar la suspensión por temor a que su madre muera. Señalo la paradoja que se presenta entre la paciente, la hija y el equipo médico. Z. dice: “Necesito que le den prioridad a este dolor”. Afirmo: “si, hay que darle prioridad al dolor”. Me quedo con la hija para interrogar el miedo a la muerte de la madre. Dos semanas después, me encuentro con ellas, Z. está aliviada de las quemaduras y del dolor y puede retomar las sesiones de radioterapia.
Con estas viñetas pretendo ilustrar como el discurso de la medicina y el psicoanálisis han podido coexistir, en un lugar donde se supone que el tratamiento de los pacientes están pensados desde un “para todos”; que allí donde la oncología como ciencia ha brindado herramientas cada vez más precisas a los médicos para tratar la enfermedad, un psicoanalista puede dar lugar a la práctica de la palabra.
En su texto “Los principios rectores del acto psicoanalítico”, Laurent propone: “Esto es lo que define la particularidad del lugar del psicoanalista, aquel que sostiene el cuestionamiento, la abertura, el enigma, en el sujeto que viene a su encuentro. (…) el psicoanalista no se identifica con ninguno de los roles que quiere hacerle jugar su interlocutor, ni a ningún magisterio o ideal presente en la civilización…” así pues, se trata de estar atento a lo singular de cada uno siempre, que el encuentro con un analista permita alojar los efectos de real con el que el sujeto tendrá que vérselas en la enfermedad.
Que la medicina se ocupe del “para todos”, y que la intención de un psicoanalista apunte a que el protocolo no silencie al sujeto, sino que el silencio del practicante haga existir la dimensión del inconsciente, para que así lo singular encuentre su lugar incluso frente al acercamiento de la muerte.
En palabras de Miller en “Un esfuerzo de Poesía”: “…El análisis privatiza la Revelación; en Él está en juego mi verdad, no una verdad profesada y anunciada para todos, sino una que solo seria para mí”. El trabajo entonces que sea una maniobra, una posición donde se escuche la existencia de esa verdad.
Bibliografía
- Laurent, E. “Principios rectores del acto psicoanalítico” NUCEP: eric_laurent.pdf, 2004.
- Miller, J.A. “Un esfuerzo de poesía” Paidós, Buenos Aires, 2016, p. 217.
II Jornadas de Carteles NELcf
El saber alegre, en el cartel
Mesa de apertura
Mesa plenaria
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