Colombia, ¿pasar el pasado?
Cartel: Informe Final de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición
Más Uno: Adolfo Ruiz
Cartelizantes: María Solita Quijano, Astrid Lema, Claudia Patricia Santos, Carla Bravo
Rasgo: Pasar el pasado
“Después de todo, es un alivio pensar que el Otro no existe”.
Miller, Extimidad (2010, p.212)
El pase hace referencia a un punto preciso de la experiencia analítica, pero yo -foránea tocada por el momento social y político del país que me dio acogida- me detengo ante una afirmación de Miller que lo involucra y que posibilita otra lectura: “El pase es […] lo contrario del pasado […] califica este hecho, el de conseguir dejar atrás sin introducir una negación -esta última solo conduciría a volver a traer al presente” [1]. Contrario al pase, Miller alude al término “preterición”, que se refiere a “lo que no se puede dejar atrás” [2], allí se constata un impasse, en el cual la repetición consuma su estrategia.
“¿Dónde estaba cuando todo esto ocurría?”, escucho decir. Para algunos, esta pregunta podría llevar a la elaboración. Para otros, se trata de la perplejidad en ausencia de palabra alguna que responda, anulándose la posibilidad del pase, como ocurre también con aquellos que ni siquiera llegan a interrogarse por su implicación en el conflicto armado de Colombia. Más aún para los que siguen dándole vida, pretendiendo que el pasado no pase al hacer de él presente y eterno futuro.
Sabemos que el pase pasa por formular la pregunta que conecta con un pasado que reitera para desplegarla. Es entonces un paso ineludible el acercamiento a lo traumático, que dada su crudeza -extrema en el caso de una guerra- llama a la imaginarización de este real con semblantes que den alguna significación a lo vivido. Luego, un tránsito mayor, ese que conduce a pasar por todas las verdades que puedan ser dichas, incluso certificadas por el Otro, para llegar a una reducción liberadora, pero no por ellos menos dolorosa: la que hace evidenciar que siempre habrá un resto, que la verdad es precisamente “lo que no puede decirse” [3]. Y no porque los responsables oculten acontecimientos, lo que sabemos ocurre, sino porque es un hecho de estructura: hay un significante, el S(A/), que pone fin al deslizamiento. El Otro aquí “falta en un doble sentido: tiene una falta y no hay Otro” [4].
En este camino de imaginarización de lo real y luego de simbolización de lo imaginario, podemos preguntarnos dónde se sitúa al Informe Final de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición: ¿es un mero instrumento para dar múltiples significados a lo acontecido en Colombia, cubriendo así lo que toca a la verdad de la guerra?, ¿se aproxima a la verdad del conflicto hasta rozar el S(A/) y con él hacer corte a la verdad misma?, ¿o da consistencia a la verdad y se aleja de la inexistencia del Otro? Me inclino a pensar que se trata de esto último, y de lo necesario que implica para una sociedad, golpeada por la ingobernabilidad y la impunidad durante tantos años, apuntalar la estructura simbólica que encarnan las instituciones del Estado.
Pero, en el orden del uno por uno colombiano, habría que hacer otras consideraciones. Si la ausencia de garantía sería el mayor efecto de verdad que puede obtenerse, esta “imposibilidad de decir todo lo verdadero” [5] dejaría sumido al sujeto en su pura división. ¿Podemos imaginar algo más devastador para aquellos que han transitado por una guerra? Se hará necesario un nuevo paso que implica un desnivel con relación al recorrido inicial por los semblantes y los efectos de verdad: la realización de lo simbólico. El desfiladero que se abrió para cada sujeto-a-la-guerra, ese que lo condujo al encuentro de las verdades perdidas en el tiempo y en los avatares de la conflicto armado, podría dar lugar a una cesación: “llegar a este punto S(A/) permite alcanzar este a [6]…lo que no puede decirse como efecto de verdad se transporta a lo que no puede decirse como producto o como caída” [7]. ¿Resto que se precipita, dejando caer algo de ese pasado que hace obstáculo al pase y captura en la preterición? Paso que no es la pretensión del olvido, no se trataría tampoco de la negación, como advierte Miller; ¿será entonces la caída de su operatividad mortificante? En relación a lo que no puede decirse como producto, ¿podemos ubicar “…este no hay [que] acentúa correlativamente eso a lo que Lacan intenta dar una animación, a saber, un hay” [8]?
Entonces, más allá de lo que el Informe y las instituciones del Estado puedan entregar a la sociedad colombiana en materia de esclarecimiento de la verdad del conflicto armado, tocará a cada sujeto implicado -es una elección- el trabajo de dar lo que se pueda de sentido al horror que le concierne, pasando por sus propias verdades hasta hacer de ellas pasado que realmente pase. En cuanto a lo imposible de negativizar, que como sabemos toca un real, surge la posibilidad de que tome nuevas y sorprendentes vías.
Referencias
[1] Miller, J.-A. Los cuatro de Lacan 1,2,3,4 Tomo II. Buenos Aires: Paidós, 2022, p.196.
[2] Idem
[3] Miller, J.-A. Extimidad. Buenos Aires: Paidós, 2010, p.144.
[4] Miller, J.-A. Extimidad. Buenos Aires: Paidós, 2010, p.149.
[5] Idem
[6] Idem
[7] Miller, J.-A. Extimidad. Buenos Aires: Paidós, 2010, p.145.
[8] Miller, J.-A. Extimidad. Buenos Aires: Paidós, 2010, p.204.




