Cartel: «Psicoanálisis y literatura»
Bajo esta pregunta, orienté la lectura de la novela de Sándor Márai «La mujer justa». Escritor húngaro del bien decir de las profundidades del alma y de la condición humana en todas sus manifestaciones y complejidades, quien, en la novela citada, bajo tres personajes, Marika, Peter y Judit, que le hablan a un tercero, consigue expresar lo que se pone en juego en el vínculo de amor, tal como lo puede vivir un hombre y una mujer, y otra mujer.
El título de la novela es ya una provocación para la tendencia inevitable a la suposición. «Justa» ¿que hace justicia?, «justa» ¿que se ajusta?, «justa» ¿que conviene?… ¿a qué o para qué? «La mujer» con el artículo definido en singular, lo que le daría el carácter de única, la que es. Entonces si mi pregunta o rasgo temático para el cartel es por «una mujer», Márai responde con «La mujer», que, si bien es una afirmación, me parece que la novela lo que deja es la impresión de la imposibilidad e inexistencia de ésta en tanto «La», lo cual no quiere decir que no se la busque o le sea supuesta a alguna mujer.
La cinta morada
El encuentro contingente de Marika, mujer burguesa y sensata, con la cinta morada en la billetera de su esposo, Peter, desencadena la alteridad de lo femenino bajo la forma del enigma, la pregunta que se orienta por el deseo de saber. Pero igualmente, un sobresalto acompaña dicha contingencia: «Ahora pensarás que soy una histérica. No, querida, soy una mujer y, por ende, soy a la vez una piel roja y una detective profesional, una santa y una espía cuando se trata del hombre al que amo. No me avergüenzo de ello. Dios me hizo así. Esa es mi misión en la vida»† Una diferencia entre histeria y mujer, donde mujer es aquella que a la vez expresa lo salvaje, lo natural, y lo formado en el arte de la indagación; la que orienta su vida según mandamientos divinos y la que se ocupa de vigilar al otro con la intención de descubrir algo pues algo oculta; opuestos que expresan lo limpio de intenciones y la intención expresa de encontrar algo en el otro, otro que es digno de ser investigado, puesto que genera sospechas pues parece guardar un secreto. Ahora bien, ella se hace mujer cuando se trata de un hombre. Dicho de otra manera, emerge una mujer cuando se liga a un hombre por amor; es pues su campo de existencia. Y allí, la vergüenza no hace presencia, se esfuma el velo que detiene lo deshonroso y humillante. No hay pues una falta que produzca la vergüenza, por lo cual se da una apertura a cualquier acción, en tanto se da la ausencia de aquel límite. Una mujer es aquella que le atribuye su ser de tal a algo que le es ajeno, Dios; Dios como respuesta, cuando la posibilidad de razonar por la causa se agota, cuando no hay explicación para lo que se es. Sumado a ello, está la connotación de destino, de tarea a realizar en la vida, una misión: dedicarse a ser mujer. Un cierto movimiento entre ser por sí misma y ser por el Otro, se expresa en esta idea de mujer expresada por Márai.
La cinta morada, en la billetera de su amado, es lo que viene a desencadenar a «la mujer», pero a este desencadenamiento le anteceden todas aquellas manifestaciones que hacen al Otro amado inaccesible. Una mujer, Marika, identifica en su amado, Peter, algo del orden de lo oculto, de lo no sabido, y sin posibilidad de explicárselo; un lugar en el Otro al cual ella no tiene acceso, que se expresa en el silencio de aquel, en su concentración en no se sabe qué, en un gesto, en cierta frialdad formal, en su distancia, que causa en Marika la convicción de un sentido, el del secreto que Peter guardaría para con ella. Es a ese lugar donde viene Otra mujer, como aquello que encarna eso indescifrable en su amado. Es esa alteridad en el Otro amado que le hace no ser todo él para ella; eso que lo distancia de ella no puede ser entonces más que Otra mujer; y la cinta morada es la confirmación de dicha sospecha. Es la señal inequívoca del secreto.
Tal vez lo que es extraño para uno mismo, de sí mismo, requiere una respuesta, pero que no se consigue más que saliendo fuera de sí y dirigiéndose al Otro, al amado y a la alteridad que éste le significa; se hace necesario un desvío.
Pero no basta para Marika ir al amado, la sospecha confirmada empuja al inminente encuentro con esa Otra mujer, Judit; poder verla, saber quién es. Un ama de llaves, de ropas baratas, pero esbelta. «Te diré lo que sentí: era antipática pero estaba a mi altura. Era una mujer igual de entusiasta, sentimental, fuerte, sensible y sufridora que yo y que todos los seres humanos que se precien»[2] Una como ella, entonces, allí donde va a buscar aquello que se expresa como indescifrable en Peter, la alteridad, encuentra una mujer como ella misma. La diferencia la hace la cinta morada.
Mujeres
«Mujeres. ¿Te has fijado en el tono indeciso y desconfiado con que los hombres pronuncian esa palabra? Como si hablasen de una tribu rebelde que está controlada pero no del todo rendida, siempre dispuesta a la revuelta, conquistada pero no sometida. Y además, ¿qué significa ese concepto en la vida diaria? Mujeres… ¿Qué esperamos de ellas? ¿Hijos?
¿Ayuda? ¿Paz? ¿Alegría?…¿Todo? ¿Nada? ¿Momentos?»[3] En esta ocasión es Peter quien habla, y habla en plural, como si dicha palabra no existiese para él en singular; es en su pluralidad que consigue decir de ellas. Se trata de una palabra, incluso de un concepto. Como palabra despierta en él, un hombre, y supone que esto es así en todos los hombres, lo que en ellos hay de indecisos y desconfiados, por remitir esta palabra a algo vivo, fuera del control de Otro; como palabra despierta los fantasmas del hombre. Como concepto de la realidad cotidiana, que también conserva su carácter plural, no deja más que preguntas; preguntas orientadas, no por la demanda, así lo parezca, sino por lo que sin demandar ellas tendrían, quizás, para dar. Un manto de duda recae sobre ellas.
Mujeres… Pero el cuerpo, la imagen del cuerpo, es diferente. Y fue el cuerpo de Judit. «La muchacha, que estaba colocando la leña en la chimenea, sintió que yo estaba detrás de ella, observándola, pero no se movió, no se volvió hacia mí, se quedó arrodillada, con el cuerpo inclinado hacia delante, en esa postura que resulta tan sensual. Cuando una mujer se arrodilla y se inclina hacia delante, aunque esté trabajando, se convierte en un fenómeno erótico»[4] Ya no las mujeres en plural, sino una mujer, la imagen del cuerpo de una mujer bajo la mirada de un hombre. Un cuerpo, individualizado, pero no singularizado, pues es de señalar que no hay rostro, es cuerpo inclinado que se sabe mirado, supuesto esto último por Peter al ser él quien mira. Es la postura del cuerpo la imagen del erotismo, fuerza de atracción que pasa por los sentidos alcanzando la significación de lo sexual.
Su mujer
Judit, de ama de llaves a mujer de Peter, mujer de un Señor burgués. «Quizá fue eso lo que me dio ganas de vomitar cuando me acosté por primera vez con él y me abrazó. Porque entonces yo ya era su mujer. La otra, la primera, se había ido. ¿Por qué? ¿Quizá porque ella tampoco aguantaba ese olor? ¿O porque no soportaba a aquel hombre? No lo sé.»[5] Ahora es en boca de Judit que se expresa una mujer, para decir lo que la hacer mujer de un hombre, es decir, acostarse con él; momento paradójico pues al hacerse la mujer de Peter, en el mismo instante, surge de sí misma el rechazo hacia él y la posibilidad de la huida, al menos bajo la forma de la pregunta. Para responder a su rechazo, fundado además en un asunto tan fuera de la razón como lo es el sentido del olfato, hace pasar su pregunta por Otra mujer, Marika, la primera mujer de Peter. Única forma de responderse esta experiencia inexplicable e inesperada del cuerpo. Pero, ¿podrían dos mujeres tan distintas abandonar al mismo hombre por una misma razón?…
Antes de ser «su» mujer, Judit era para Peter «una» mujer, pero también era algo más que eso. «Yo para él no sólo era una mujer, era también un examen, una gran prueba, era la aventura, un puma al acecho y a la vez una presa que cazar; para él estar conmigo era como ser culpable de malversación o como escupir sobre la alfombra en casa de una persona muy educada»[6] Tal vez por no ser solo una mujer, es que Peter la hace su mujer, con lo fallido que ello pudo ser al pretender anular la diferencia que hay entre «una mujer» y «su mujer».
Son pues tres voces distintas, Marika-Peter-Judit, con las que Márai intenta una y otra vez decir qué es una mujer, voces que desde su diferencia hacen versiones de eso que de una mujer se en-pareja con un goce.
NOTAS
- Sándor Márai, La mujer justa, Salamandra, Barcelona, 2005, p.64
- Ibid, p.93
- Ibid, p.205
- Ibid, p.186
- Ibid, p.296
- Ibid, p.310
