Este no es un texto culminado, puesto que mi pregunta de cartel no puede ser respondida, mas sí recorrida. Siendo éste un texto que no representa la historia de un acontecimiento sino el acontecimiento mismo, a saber: qué hace (a) un psicoanalista.
Mi sujeto de cartel lleva consigo un equívoco, una doble significación debido al «a» que tiene entre paréntesis. Es una interrogante que genera por lo menos 2 tipos de respuestas:
- «¿Qué hace a un analista?» conduce a una respuesta por el sujeto de la oración y su objeto. $ y a.
- «¿Qué hace un analista?» Remite a una función: hacer. Es decir, un acto.
Veamos primero qué es lo que se puede decir del sujeto y del objeto, teniendo en mente el goce del cual se desprende:
Nos dice Lacan que el problema de la relación de objeto debe ser leído freudianamente y que éste emerge de una relación narcisista. A este nivel, el objeto se introduce en la medida que es perpetuamente intercambiable con el amor que tiene el sujeto por su propia imagen. Ichlibido y objektlibido son introducidos por Freud en relación a la diferencia entre ich- ideal e ideal-ich. Entre el espejismo del yo y la formación de un ideal. Este ideal adquiere por sí solo su campo, surge para dar forma en el interior del sujeto a algo que se vuelve preferible y de lo que de allí en más éste se somete. El problema de la identificación está ligado a este desdoblamiento psicológico, que vuelve al sujeto dependiente de una imagen idealizada, forzada de él mismo.
Este objeto no es a lo que se pretende apuntar. Entre el objeto, tal como está estructurado de forma narcisista, y das Ding hay una diferencia y, precisamente, en el espacio de esta diferencia es donde se sitúa en el psicoanálisis el problema de la sublimación. Teniendo en cuenta que la meta no es el objeto, sino la tendencia que conduce a das Ding.
Lacan toma como ejemplo el amor cortés para hacer notar la diferencia. Nos dice que en este tipo de amor importaba más la alegoría que el cuerpo de la dama en sí, es decir, una forma sublimada de la relación sexual, algo similar a lo que ocurre con el arte. Ahora, podríamos preguntarnos si la práctica analítica entraría también en este grupo. Y si es así, ¿podríamos decir que el analista sublima?
A nivel de la sublimación -comenta Lacan- el objeto es inseparable de las elaboraciones imaginarias y muy especialmente de las culturales. No es que la colectividad los reconozca simplemente como objetos útiles, sino que encuentra en ellos el campo de distinción gracias al que puede, en cierto modo, engañarse con respecto a das Ding y de esta forma colonizar con sus formaciones imaginarias el campo de das Ding.
El mecanismo de la sublimación no debe buscarse simplemente en la sanción que la sociedad les aporta al contentarse con ellos. Debe buscarse en una función imaginaria, muy especialmente aquella para la cual sirve la simbolización del fantasma ($ ◊ a), que es la forma en la cual se apoya el deseo del sujeto.
En formas histórica y socialmente específicas los elementos a, elementos imaginarios del fantasma, llegan a recubrir, a engañar al sujeto, en el punto mismo de das Ding.
En otras palabras, la sublimación va a depender del periodo cultural reinante. La dialéctica del sujeto con el Otro social cambia con el tiempo. Tal es así que podríamos decir que no tenemos idea de cómo pensaban los griegos en la época de Aristóteles a pesar de leer sus textos. Lo que hacemos es aproximarnos a una idea y hacer deducciones a partir de ella. Freud tiene esto muy en claro, por ello decide descartar lo propuesto por Aristóteles cuando elaboraba su propia ética: la del psicoanálisis.
Si el psicoanálisis remató a Dios –remató pues Nietzsche ya lo había matado- cabe la pregunta de a dónde fue a parar el goce que este Dios delimitaba.
Los psicoanalistas pueden carecer de ideología, mas no de ética. Si la ética de Aristóteles -ética del amo- proponía «permitir al hombre elegir aquello que razonablemente pueda hacerlo realizarse en su propio bien» la ética del psicoanálisis propone «permitir al sujeto ubicarse en una cierta posición tal que las cosas, misteriosa y casi milagrosamente, le vaya bien, que las tome del lado adecuado»[1]
No se sabe de la ética del psicoanálisis más que por el testimonio del psicoanalista – testigo de lo que el psicoanálisis revela-. Siendo testimonio de la dimensión ética la experiencia misma. Es palpable incluso en otras clínicas la ética que dirige su práctica: Los objetos no formulados, apenas confesados, pero muy a menudo explícitos, que se articulan en la noción de rehacer el yo del sujeto, de lograr en el análisis la reformación del sujeto, denuncia Lacan.
Es así que la orientación lleva a preguntarnos por la dimensión ética. Esta di-mención (dicho mansión[2]) se marca en la insistencia con que la pulsión se presenta, en tanto se relaciona con algo memorable, por haber sido memorizado -en sentido freudiano-, es decir, algo registrado en la cadena significante y dependiente de su existencia. La rememoración viene a ser una historización coercitiva al funcionamiento de la pulsión en lo que se llama lo psíquico humano, no llegando a ser reductible a la tendencia que mencioné más arriba.
La pulsión como tal, y en la medida en que ella es esencialmente pulsión de destrucción, debe estar más allá del retorno a lo inanimado, es decir, más allá de la voluntad de destrucción únicamente. No se trata solo de una voluntad de volver a 0, sino de voluntad de comenzar de 0, voluntad de otra cosa, en la medida en que todo puede volver a encausarse a partir de la función del significante. Esta pulsión de destrucción pone en duda todo lo que existe, pero ella es igualmente voluntad de creación a partir de la nada, voluntad de recomienzo. La sublimación, por otro lado, apunta al mundo fuera de la cadena significante, es decir, la Cosa.
Cabe decir entonces que el psicoanalista en el psicoanálisis no es sujeto: pues opera por no pensar. Este «no pensar» de hecho suspende al psicoanalista de la ansiedad de saber dónde darle su puesto para pensar al sujeto que tiene en frente.
Queda ahora la pregunta por el hacer del psicoanalista, segunda interrogante debido al equívoco de mi sujeto de cartel.
En la primera página de «El acto psicoanalítico»[3]», Lacan nos comenta que este acto se supone a partir del momento selectivo en que el psicoanalizante pasa a psicoanalista.
Este hacer no es aislado, depende de la posición que ocupe el psicoanalista en la transferencia con el analizante, además de su propia demanda en juego. Demanda de un Otro que el analista podría palpar en realidad, pues en general la demanda del paciente es sabida: nos demanda su felicidad.
Es aquí donde tiene todo su peso la pregunta de ¿qué es de lo que queremos curar al sujeto realmente? No hay duda de que esto es absolutamente inherente a nuestra experiencia, nos dice Lacan- a nuestra vía, a nuestra inspiración –curarlos de las ilusiones que lo retienen en la vía de su deseo. ¿Pero hasta donde podemos llegar en esta dirección y después de todo, esas ilusiones, aun cuando no entrañasen en sí misma nada respetable, es todavía necesario que el sujeto quiera abandonarlas? ¿El límite de la resistencia es aquí meramente individual? ¿La autorización del bien podría considerarse una acción sublimada?[4]
Yace aquí la cuestión de los bienes en relación al deseo, pues podríamos responder que apuntamos al bien del sujeto. Sabemos que actualmente toda suerte de bienes tentadores se le ofrecen al sujeto y quizá podríamos considerarnos como capaces de ser para él la promesa de hacerle accesibles todos esos bienes, la vía americana no está lejos de nosotros. Sin embargo, la perspectiva de un acceso a los bienes de la tierra ordena cierta manera de abordar el psicoanálisis y también una manera de llegar a lo del psicoanalista, de presentar su demanda.
Tenemos que saber a cada instante cuál debe ser nuestra relación efectiva con el deseo de hacer el bien, el deseo de curar. Debemos contar con él como algo por naturaleza proclive a extraviarnos. Se podría designar como nuestro deseo el de no curar -nos advierte Lacan-. Teniendo el sentido de alertarnos contra la trampa benéfica de querer el-bien-del-sujeto. Puesto que el bien, ya sea con Dios, consigo mismo o con los demás, es una decisión particular.
De esta forma, la pregunta sobre el bien cabalga entre el principio del placer y el principio de realidad. Siendo realidad no el simple correlato dialéctico del principio del placer. La realidad no sólo está ahí para que nos demos de cabeza contra las vías falsas en las que nos compromete el principio del placer, dice Lacan. Pues a decir verdad, con placer hacemos realidad. Siendo este punto donde Lacan se diferencia de Bentham y Aristóteles, quienes relegan el descubrimiento a un placer teórico. Y es que la experiencia analítica demuestra que placer hay también en lo simbólico, como por ejemplo en la repetición del signo. Si se busca entonces lo utilitario del bien, éste sería una distribución de goce que no esté regida por el placer sino por la ficción, es decir una verdad. Teniendo en cuenta que el hombre solo encuentra placer en sus fixiones.
Esta noción es esencial pues se resume íntegramente en la noción de praxis. La cual concierne por un lado la dimensión ética, entendida como la acción que no sólo tiene como meta un érgon (producto) que se inscribe en una energeia (acto). Se tiene además la fabricación, la producción exnihilo. Bajo esta lógica, es burdo plantearse entonces que en el orden de la ética misma todo pueda ser remitido a una presión social. Existe una diferencia palpable entre la organización de deseos y la organización de necesidades.
El psicoanalista entonces no hace sino se hace, se hace objeto a: se hace producir; de objeto a: con objeto a [5].
Aun así, siempre en cada operación queda un resto, y el psicoanalista no es ajeno a esto. Queda así su cuerpo, objeto con el que se va a hacer psicoanalista, conformando precisamente aquí el acto psicoanalítico.
Lo que queda para dar, contrariamente a la pareja del amor, es lo que la novia más bella del mundo no puede superar, a saber lo que tiene. Y lo que tiene no es más que su deseo, al igual que el analizado, haciendo la salvedad que es un deseo advertido.
La ética consiste esencialmente en un juicio sobre nuestra acción, haciendo la salvedad de que solo tiene alcance bajo la forma en que la acción implicada en ella también entrañe un juicio, incluso implícito. Si hay una ética del psicoanálisis, es en la medida en que de alguna manera, por mínima que sea, el análisis aporta algo que se plantea como medida de nuestra acción.
NOTAS
* Presentado el 04 de marzo de 2015 en la NEL-Lima
- LACAN, Jacques. El seminario, libro VII. «La ética del Psicoanálisis». (1989). Paidós Editores
- LACAN, Jacques. El seminario, libro XX. «Aun». (1982). Paidós Editores
- LACAN, Jacques. «El acto psicoanalítico»( 1967-1968). En: Reseñas de enseñanza. (1988) Manantial Editores
- LACAN, Jacques. «Reseña con interpolaciones del seminario de la ética» (1967-1968). En: Reseñas de enseñanza. (1988) Manantial Editores
- LACAN, Jacques. «El acto psicoanalítico»( 1967-1968). En: Reseñas de enseñanza. (1988) Manantial Editores
