Freud escribe El hombre de las ratas (1909) y Dos mentiras infantiles (1913), cuando los imperativos de la moral victoriana intentaban definir la manera de vivir la pulsión. A los siete años Lanzer creía que sus padres adivinaban su pensamiento y en análisis ubicó ahí el comienzo de su enfermedad[1]. La paciente que tomó unos céntimos del dinero paterno, negándolo bajo el severo examen familiar y recibiendo un cruel correctivo, lo situó como el «punto crítico» de su niñez[2]. Freud destaca que el niño precisa de un escondite simbólico frente al pariente escrutador. En ambos casos señala el drama psíquico de no poder ocultar el deseo ante el deseo del Otro. Lacan comenta la versión inquietante de la paciente de J. Bobon, cuyo dibujo de un árbol cargado de ojos incluye la fórmula: «Io sono sempre vista»: soy siempre una postal y a la vez, la función de la vista[3]. Hoy, la mirada del Otro se confunde con el ojo mecánico presente en todas partes y bajo el pretexto de la seguridad y de la prevención, la «distantia» latina cualintervalo mediador entre el niño y el Otro, que le permite constituirlo como «Uno-en-menos»[4],se desdibuja. Ante los nuevos reales que encontramos en nuestra práctica proponemos que un niño requiere del vacío en el que un Otro afectado por la falta, portador del objeto mirada separable, le acompañe a despertar del sueño y del goce que conlleva la puesta en juego de su cuerpo como aquello que se da a ver.
Es aquí que el secreto, oculto, recóndito e incomprensible y la mentira como disfraz o su ausencia, en el caso por caso, remiten a la posibilidad de forjarse un lugar para alojar la propia opacidad; habitación para ese «cuerpo extraño», «intimidad fracturada» (J.-A. Miller)[5], «Domicilio desconocido» ( Kim Ki Duk), en el que descubrimos otra cosa. Secreto que implica sustraerse al Otro supuesto omnividente y caminar a tientas por los rincones de la vida. Lacan articula la localización de un no-saber en el Otro a la constitución de lo inconsciente; momento decisivo para el alma infantil[6]. Es en el tiempo lógico de separación del Otro en el que un niño, como un personaje sin autor, busca el personaje de su propia novela para no naufragar en el uno fusional y construir la estructura interior-exterior sin extirparla en una equivalencia.
La preguntas ¿qué soy?, ¿de qué goces procedo?, la sexualidad y la existencia comportan un misterio. Aún bajo satélites celestes, registros que comienzan con las fotografías fetales y cámaras domésticas para vigilar susniñeras, a las que se puedan agregar los informes de la banda tobillera y los pañales inteligentes, es la sombra el lugar mismo del sujeto[7] y la función del velo es importante.
En familia la pretensión de ver, saber todo del Otro, linda con el impudor y la torpeza. ¿Puede un niño participar de esto sin sacrificar su dignidad y su palabra? Sujetarse a la condición de ser visto esquiva el agujero en la mirada, bajo la tentación del ojo de apagarla. Pero queda el resto imposible de ser visualizado, el malentendido familiar en el que ya antes de nacer, el niño nada «como puede»[8], el malentendido de estructura con los padres y la condición de la palabra cuya capacidad de verdad solo se muestra en un destello. Experiencias sin forma a las que la invención singular de cada niño intentará dar forma. Quizá la rana transparente, ahora de Hiroshima, le permita ver el funcionamiento de sus órganos y el desarrollo de tumores y la pornografía le venda la ilusión de saber lo imposible. Pero incluso en el contexto en el que todo lo que puede medirse debe ser medido[9],invitado a acomodarse en la tiniebla de un goce en el que el imprevisto se excluye, bajo la vigilancia generalizada con su aparejo exhibicionista; para forjar un lugar vivible en este mundo sin quedar reducido a la condición de siervo, un niño precisa constituir y usar su objeto, su síntoma (que ningún mapa genético anticipará) e inventar su novela para dar al enigma del deseo una forma ficcional.
El niño transparente es un fantasma engordado por los avances de la tecnociencia. Siendo los primeros afectados en épocas de crisis, los niños se ocupan seriamente en jugar. En familia, con sus preguntas insistentes, constatan que no hay metalenguaje, bordeando el agujero.
Un niño caminando parajes del no-todo encontró una luciérnaga:
«Ven, ven» (le dijo),
Pero la luciérnaga
Se fue volando.[10]
Lo demás, dice Hamlet, es silencio.
NOTAS
- Freud, S. «Caso El hombre de las ratas». Obras Completas. T.II. Madrid, Aguilar, 1973. p.1452.
- Freud, S. «Dos mentiras infantiles». Obras Completas. T.II. Madrid, Aguilar, 1973. pp.1735-1736.
- Lacan, J. El Seminario. Libro X. «La Angustia«. Bs. As., Paidós, 2006.p.85.
- Miller, J.-A. «El Ser y lo Uno». Sesión del 16 de Marzo de 2011. Inédito.
- Miller, J,-A. «Más interior que lo más íntimo».www.página12.com.ar/diario/psicología/2010/04/08.
- Lacan, J. «El deseo y su interpretación» Bs. As., Paidós, 2014.p.99.
- Wacjman, G. «La regla de juego, testimonios de encuentros con el psicoanálisis, un avance». www.revconsecuencias.com.ar/ediciones/0011/template.php.
- Lacan, J. El Seminario. «Disolución». Clase 10/06/1980.Inédito.
- Miller, J.-A. «¿Desea usted ser evaluado? Málaga. Miguel Gómez editores,2004.
- Otnisura, U. «Palabras de luz». Noventa Haikus. Ed. Miraguano, 2009.
